Murallito de 10 (de 10 triple)

Me gusta retar a Bing, que es la IA con la que me llevo más chupilerendi. Le he dicho que genere la imagen de «un deportista, pero con pinta de muralla medieval, jugando a los dardos» y ha perpetrado lo de ahí arriba. Sensacional.

La imagen me viene perfecto para la historieta de este martes. Tengo que recuperar la categoría «Piñatas y desgracias» que han tenido históricamente mis webs, esas historias siempre son bien recibidas, aunque no dejen al autor de estas letras como el más avezado equilibrista del lugar.

-Tal vez renombrarlo como piñatas, peripecias y desgracias PPG-

Contaba la semana pasada aquel golazo que supuso la primera victoria del equipo que no ganaba nunca. «Recuerdo esto como el punto más algido de mi carrera deportiva en fútbol», narré. Pero eso en balompié En el otro deporte en el que he obtenido más éxitos (los dardos) el día de mayor gloria transcurrió en Zaragoza.

Vuelvo a camisetas, por cierto. Ahí, junto a la del Komando, sigue mi camiseta del Real Zaragoza. Los compañeros de la tele autonómica, en mi despedida, me regalaron una camiseta blanquilla con la leyenda «Murallito de 10». Y la noche que me hicieron entrega de la misma… fue «La noche del 10 triple» (mi otro día de gloria)

Ahí sigue la zamarra, pude comprobar el otro día al afrontar uno de los más delicados retos de la vida en común: remover, con idea de hacerlo bien, el estante de las camisetas de futbol. Que son demasiadas. Demasiado pocas o muchas, no quiero responderlo

Es un fantástico recuerdo, el que genera. Primero el de recordar a la familia maña (eso también lo conté la semana pasada, en lo de «Hay que rejoderse» que ya es una de las entradas más vistas del año en la web).

Y luego por la historia tras la camiseta. Mi última noche en Zaragoza sospechaba que me habían preparado alguna jugarreta. Pero primero teníamos partida de dardos, con mi club de moteros darderos. Dejo el momento cumbre para el final, aquí me lo saltaré de entrada. El asunto fue que era necesario mi concurso en una partida dura… el club motero tenía buen nivel, yo solo jugaba cuando había necesidad de llegar al número mínimo de jugadores, que por otra parte era habitual.

Pero vamos, que cascaba siempre. Sí, soy de Ávila, donde juegan los mejores jugadores del planeta dardos. Es sabido que eso es lo que la gente hace en Ávila: jugar dardos o escribir libros de poesía y/o mística. Pero yo siempre he sido muy malo, excepto en un margen muy puntual entre la tercera y cuarta copa en la que solía enchufar triples (lo digo en pasado porque WIlly ya no me saca a jugar)

Estaba esperando un hueco en la partida para irme al local de al lado a cogerme un kebab. Fingiendo una llamada, coger el kebab, engullarlo en tres bocados y luego dejarme hacer por los cabrones. Que hiciesen conmigo lo que quisieran, pero yo tendría el estómago lleno. Ese era mi plan, tan listo como he sido siempre.

La jugarreta no era tal: consistía en llevarme en moto desde la partida de dardos (creo recordar que era en Torrero) hasta el centro de la ciudad, fingir que me metían en sitios de dudosa fiabilidad, para acabar llevándome a cenar a mi sidrería preferida, donde ponían (supongo que seguirá existiendo) cachopos, carne, y todo tipo de ensaladas como ya imaginan. Además de buen beber.

Así que ahí estoy yo, con mi kebab entre pecho y espalda, enfrentándome a un condumio de proporciones bíblicas. Tuve que cantar, tuve que cantar. Confesé que ya estaba cenado…. y seguí cenando. Bendita juventud. Y salimos, con mi camiseta del Real Zaragoza «Murallito de 10» que me entregaron en la cena.

La noche del triple

Antes de que recenara había vivido mi segundo momento deportivo más impactante. Se apoderó de mí el diablo tasmaño y pasó lo inesperado.

A mi rival dardero no le salían las cosas, y yo al menos estaba tirando a diana, que en mí ya era. Iba dando numeritos, vaya. Supongo que era un 501 o un 701, el caso es que de repente el rival falló… y yo estaba en números de que saliera la cosa. 

Tiro el primer dardo.

Lanzo el segundo.

El milagro estaba a tiro.

Me viene el capitán. Dos manos en los hombros: 

«A ver, Rubén. Es un quince doble y lo has hecho mil veces. A lo gordito. Apunta bien. Lo vas a hacer. Lo vas a hacer. Venga, que te despides en la cumbre»

Visualicé la jugada, como dirían los pedantes cósmicos. Vi mi dardo salir de la mano hacia el 15 doble, vi a mi equipo abrazarme, brindar la jugada como mi despedida, te vamos a extrañar tío, etc.

Pero entonces tiré. Y supe que no. No iba al 15 ni de coña. Bajé los hombros, me giré para decir «lo siento».

Y el bar estalló.

De felicidad. 

Había dado al 10 triple. Que, al igual que el 15 doble, es 30. Habíamos ganado, diantres, habíamos ganado. No pude por más que acercarme al rival y decirle el «lo siento» que tenía preparado, más un «ya imaginarás que he tirado al 15, pero el Ente quería burlarse de mí»

Somos un videojuego y el guionista es sensacional. (No en vano esto me lo está haciendo escribir el guionista)

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