Verano 23 (V: De Pilahito)

Se llamaba Macu y su sonrisa hacía bailar las mareas. Ahora, cuenta su Instagram, es Inmaculada, madre de dos criaturas y agradable talante en la cuadrícula. «Venid, que os invitamos a un chupito», decía. Y cualquiera no seguía sus pasos, claro. Pero es difícil tener una cara que no le importa a nadie en las noches del salitre y el ronroneo, creo que conté alguna vez. Ferreiro y sus años 80 te quedaban de compañía cuando el guapo (o el descarado o el más seguro de sí mismo) procedía a hacerla reir, para satisfacción de la propia belleza en sí consumada en esa alegría con rizos.

Carril de Pilahito. 

Hubo un tiempo en el que no existía Google Maps. O sí, ya entonces sería real, pero lo de los datos en el móvil era cosa de ejecutivos con traje, no de pazguatos con bocadillos de mortadela. Así que llegamos a Conil a la vieja usanza, perdiéndonos como era menester. Probando calles, preguntando a paisanos, perdiendo la mañana en el empeño de encontrar el camping en el que íbamos a dormitar. Y así, sin darnos cuenta, pasamos una de esas jornadas a recordar años después. 

Entre árboles y baches, haciendo sufrir a la furgoneta, apareció ante nosotros el Carril de Pilahito. Éramos tan jóvenes y despreocupados que la broma salió sola, claro, sin necesidad apenas de pronunciarla. Depilaíto, cual metrosexual (ahora creo que los llaman yummies)

Para siempre ya, el carril de pilahito se convirtió en uno de mis lugares favoritos en el planeta. Y, siempre que puedo, me desvío un poco para rendir homenaje a esa búsqueda de camping, esos bocatas de mortadela y arenisca, esos paseos nocturnos, los chupitos con Inmaculada («sí, Ru, mantuve el contacto con ella, pese a los años. 15 veranos ya, ¿eh?»)

Las vacas de Conil

Pasa el tiempo, claro, menos para las canciones de Brian Wilson, siempre perfectas en su armonía de vibración universal. Abro la ventanilla y saludo a las vacas, mientras suena Fun, Fun, Fun y pienso en los veranos de Almuñecar y Torrox (su ajedrez, su Agatha Christie, sus ferias del libro y el plan ZX) pero también en los de Cádiz (su jaima, las curvas, perderse entre bosques y nocturnidades con alguna copa de más o cariño de menos hasta dar con Pilahito). Las primeras lecturas, también las escrituras, los últimos besos. Alguna bronca, también. El pescaíto de los homenajes. Vida, de la de vivir.

Son piscinas ahora, y danzas también, pero para los bailongos retoños que ya lucen 2 y 5, 5 y 2, zampando tarta de cumpleaños como si el verano nunca se les fuese a acabar. Y ojalá así fuera, que los veranos de la infancia son los más largos, sanos e imborrables. Y hay que estar a la altura en generarles ese ecosistema, que luego el frío y las ausencias ya quitarán el beach y los boys.

(diciendo adiós a.. la mala racha)

De repente los míos cogieron mala racha y empecé a verlos a menudo, pero en funerales. Julio trajo bodas y bautizos así que aproveché para decirle adiós a lo cenizo, a ver si pilla la indirecta. Mirando para otro lado, para que se aburra de estos lares, y concentrando la mirada en tres libros, que si algo es veraniego es poder leer más, deber leer más

Las tres compañías

En audiolibro: Los últimos días de nuestros padres, de Dicker )(lo que me faltaba por leer de él)

En epub: Un libro de ciencia,  La ecuación de Dios, de Michio Kaku (un tipo interesante, y buen divulgador)
 
En formato físico: Método Enigma (junto a«Las tres fases del ajedrez» del hombre que nos acogió en sanfermines y a quien tengo pendiente reto en lichess). 
 
Y es que no hay verano sin ajedrez, aunque cada vez lo juegue peor (creo)
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