Note to self: don’t die (V)

-continúa en Note to self: Don’t die (IV)

V. El sueño

Ojala nunca hubiera perdido los dardos y cervezas en los alrededores de la Universidad de Zaragoza, los cuentos de Ana, la magia diaria de Baeyens. Pero todo cambia, todos crecemos. Estábamos destinados aquella loca magnífica espléndida y talentosa redacción de ZTV a ir a más, o a distinto, a separarnos inevitablemente por otro fin. Todos nos hicimos mejorar a todos. No es una frase hecha ni bienqueda navideña, es algo especial. Vaya añada fue aquella…

Justo ha escrito Nieves por aquí estos días y fue con quien de algún modo aquello empezó, en una reunión en un bar, con unos bocetos de ideas, de imagen, de cómo hacer los análisis deportivos, estructurar aquello. Éramos ambiciosos y arriesgados, no todo salió a la primera. En lo mío, tuve un acierto que estoy seguro que fue una de las razones por las que luego me permitió dar el salto: no podíamos competir por arriba, pero sí por abajo, por lo modesto y muchas veces genial.

Lamento no haber guardado más, mucho más. La tecnología entonces no lo ponía tan fácil. Pero sí tengo perlitas, como ésta…

Dar voz al deporte femenino, por ejemplo, que lo había mucho y muy bueno. Con mucha gran historia que contar. Y tenía a Manza, y tenía a Arpita, y ese equipo era imbatible. Y luego a Ana, a Darío.

Talento, descaro, ganas. Joder, que no venía yo a ponerme sentimental. Pero qué bien acompañado estuve. Este otro vídeo era parte de lo que hacíamos habitualmente: el foco en pequeñas historias que lo merecían. Y la tele, para eso, siempre ha sido muy agradecida

Todavía no he hablado de «el sueño», ahora llego a ello. Estos días se hacen 10 años del fémur. De hecho no me di cuenta el día que se hacía la efeméride, y regañé a hermana y madre por whatsapp. Hace ya 10 años de aquello, el día que mi progenitora decidió esquiarse las escaleras de la terraza con múltiples fracturas como premio.  Una década después se puede bromear del asunto, pero fue el inicio que lo cambió todo, para todos los míos.

Me volví a Castilla y León. Salió la opción y no podía decir que no, aunque dejar lo de seguir el deporte, y meterse en actualidad general -y encima de Valladolid- era un salto complejo. Otra mudanza, otro reto, quien dijo miedo.

Supongo que es por eso, por lo abrupto, rápido, inesperado, sin posibilidad de grandes despedidas (fue mejor así) por lo que de vez en cuando me viene «el sueño». Me veo entrando en Aragón TV, generalmente no encuentro la maquina de fichar (ahí fichábamos). Es curioso que el sueño sea ahí y no en Zeta, creo que es por ser lo último que viví antes del retorno supersónico. Y está por ahí la panda, la redacción, LadyAgencias, la gente de las borrascas. Y yo generalmente voy descalzo, o tengo que ponerme a presentar sin tener el programa hecho, me toca improvisar, no recuerdo cómo era el programa de edición y tengo que buscar con la mirada a ver si aparece Germán, Mora o la grácil Vero con su sonrisa de esquiadora feliz.

He vuelto a encontrar, ahora en Pucela, un buen equipo alrededor, que seguro que con el tiempo recordaré como ahora éste. Y, muchas veces, le recuerdo ahora al gran Diego Viya el discurso que pegué en una presentación de #LHDHP sobre el periodismo que fue, el que es, y el que ya no será. Lo enlazó con lo de ayer, con la viejá.

Bromeo a menudo con las ganas de abrir un Twitter y decir lo que pienso, tremenda osadía. Pero si escribo o digo lo que pienso de la política, la pandemia, la prensa, la educación o la televisión… no volveré a tener amigos, al menos algunos de ellos. Porque si digo lo que me viene a la cabeza de los parlamentos, del futbol, del tinglao, de la nueva normalidad, de greta y los que tienen garbo, sonaré a lo que no soy, o no del todo. Sonaré a ser gris, aburrido, enfadado y no es verdad, no es verdad. Porque duermo como nunca, más que nunca, mejor que nunca, sabiendo que estoy en lo que creo correcto, haciendo lo correcto, creando una familia e intentando sacar todo ello adelante entre la mediocridad, las envidias, el mal tiempo que nos toca atravesar a todos.

Los interiores llenos de gente sin mascarilla y luego los hospitales llenos. Las terrazas fumando sin distancia y hablándose a la cara a tiro de escupitajo. Influencers de vida vacía y corazoncitos a tutiplén. Desnaturalización. Stop. Ni quiero hablar de ello. No hoy, no aquí.

Ya mañana cuento lo del olfato…

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