Diálogo de besugos

Hoy recibimos un texto de Bea s.O. que sangra así…

Ni te molestes.  No lo intentes.  Ni siquiera pienses en ello. No merece la pena, porque ya da igual, o casi. No hace falta que disimules tu presencia, que ocultes tu sonrisa canalla, que te empeñes en ser encantador incluso cuando no lo eres. Ya casi no me importa no importar. Algo debí intuir cuando me pediste permiso para… para aquello. Eso sí que es raro.  Pero pensé que era otra de tus excentricidades, de tus manías. Como la de no hablar para no romperlo. O la de soñar para disimular que duermes. Sé que estas ahí. Y sé que estás para otra. No importa. Ella no estará.

Pensé que era un buen momento para hacer una de esas cosas que uno nunca hace. No lo pensé demasiado, porque cuando pienso, tiendo a ver la vida a través de un caleidoscopio, con múltiples formas y colores, ninguno a mi gusto. No pensé. Arranqué y fui. Y aparqué. Y besé. ¿Qué podía haber de malo? Nada. Había pasado lo más duro, lo había dejado atrás, y me apetecía no pensar. Pero cuando a ella le empezaron a brillar tanto los ojos, tuve que volver a hacerlo.

Todo principio es incómodo; todo, menos aquel. Porque ya había empezado días atrás. Y porque a lo mejor, ahora me doy cuenta, en realidad nada comenzó. Miraste sin ver absolutamente nada de lo que nos rodeaba porque en el centro de todo estaba yo. O esa que tu pensabas que era yo. Tuve prisa porque te me escapabas entre los dedos, te ibas tras no sé qué pensamiento… hasta que un muslo, mi muslo, te distrajo.

Admito que me gustó. Me gustó que me guiaran, que me enseñaran de nuevo lo que había olvidado por voluntad propia. No tenía que esforzarme porque ya estaba todo hecho. Nada que conquistar, terreno amigo esperándome. Me hice el distraído, como que aquello no iba conmigo. Pero la moda no estaba de mi lado; las transparencias son mi debilidad, y juro que a través de aquella camiseta le pude ver el alma.  Era rosa. Y estaba nueva.

Te gustaba mi sonrisa, la de todos los días, la que sale a pasear más de lo debido. Te gustaba mi sonrisa y mis ojos. Yo lo sabía. Pero tú me lo dijiste. Entonces dejé de sonreír y bajé la mirada, un gesto que de puro simple, parecía diseñado al milímetro. No hizo falta más. Me mirabas como si me vieras por dentro, y creo que me gustó lo que encontraste. Aunque fuera mentira. Aunque ni tu mismo supieras lo negro que se me antojaba el fondo de mi pecho. Me daba igual, porque a ti te gustaba.

Y mientras le amaba me vi fuera de mi cuerpo. Aquello no era la vida, era una película. Una sucesión de escenas que, por muy bien que te hagan sentir, sabes que acabarán tarde o temprano. Era una película, y el final iba a ser triste. Descubrí un gran actor en mi, pero al final ella no saldría en los créditos. Ella era sólo la acomodadora. No sé si fue mi culpa. Probablemente. Pero no podía hacer nada más que esperar a que alguien colgara un fin… porque si no, tendría que escribirlo yo, y entonces empezaría a pensar, y… fin. Ya.

Insistías en no mirar. Y lo peor de todo es que ni me importó. Yo ya estaba conquistada, nadie mira a los ojos como tú me habías mirado, nadie lo hace si no hay algo. Estabas como ausente, pero no me importó. Pensé que era otra de tus excentricidades, como la de no hablar para no romperlo. O la de soñar para disimular que duermes. Llegó el final, y mientras yo dibujaba una sonrisa, bajaste la mirada buscando algo que habías perdido. Lo malo es que no lo extraviaste en mi cama, pero yo te di la pista definitiva.

Supe que algo no iba bien cuando sus labios, sin decir nada, me hablaban de otros días, de otras locuras. Intuí que había tocado las fibras equivocadas cuando al mirarme en sus ojos me vi reflejado sin mi armadura, sin mis protecciones. Me vi desnudo. Y no quería estarlo. No allí, no con ella. No en ese continente o ese horario. No bajo ese sol, o luna, o lo que quiera que fuera aquello que deslumbraba tanto. No se me da mal convencer, y lo hice de forma que creyera que la culpa era toda mía. El problema es que aún no sé de qué se me acusa.

Y tal y como viniste, te fuiste. Saliste por mi puerta antes de que al día siguiente te marcharas. Te cerraste en banda, y utilizaste una de aquellas frases canallas. Creías que me engañarías. Pero yo ya venía con la mentira puesta. Hablaste de merecer, de callar, de subir y bajar; de perdones nunca pedidos y disculpas aceptadas. Seguiste hablando hasta llegar a la conclusión de que dormir, o intentarlo, sería lo mejor para todos. Ya no quería tocarte. Eras frío. Ya no tenías aquella mirada, era de usar y tirar. Ya te habías ido.

Y me fui.

Y te marchaste.

 

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