El recoveco que no se deja atrapar del todo. El cariño que no se regala con facilidad. La arista que tiene siempre una nueva punta por descubrir. Un conjunto de líneas que no sospechaba que encajaran tan bien con mis huecos. Ni siquiera sabía que hubiera tantos huecos. La respuesta al puzzle era un rompecabezas aún mejor.

La canción de que el tiempo no pasara.

Yo – que nunca fui muy listo – necesitaba alguien que se riera de mis frecuentes tropezones. Responde siempre, tiene más pelotas que yo.  Cabeza dura, nunca me compra una mentira. Es firme, decidida, apasionada y batalladora. Tiene mi respeto como nadie lo tuvo nunca y ese es un cemento especial.

Canta y desafina y lo sabe y repite con descaro. Sabe lo que quiere y cuando lo quiere. Es glotona y a la vez palillo.  Dice que odia a los gatos porque es igual que ellos: felina, rápida y reacia a las cadenas. Mimosa cuando te lo ganaste o tal vez si remolonea.

Se acuesta con la comedia de la vida, cuando duerme habla sola y siempre sonríe entre sueños.

Y si me voy a las estrellas me espera abajo divertida y me mira con ojos de que habré hecho yo para merecer este colgado. Observa de nuevo y relaja la sonrisa. Por mí, de mí. De ella.  De lo poco que le gusta el monocromo. De que esta vez sí dejará que la atrape en sus zapatillas verdes.

Y sí, she’s my baby

No eran blancanieves ni bellas durmientes porque la vida no es Disney ni acepta seres congelados.

Mi ciénega necesitaba a Fiona.

La destrozamoldes
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