Note to self: don’t die (III)

-viene de Note to self: Don’t die (II)

III. El renacido

Ya no encuentro pulso, ritmo o latido
Dime cuándo nos acostumbramos al ruido

Dedicarle un tiempo a «Los Zigarros» era algo que tenía pendiente desde que escuché su colaboración con Ariel Rot, «Espero que me Disculpen»,  pero no terminaba de encontrar el momento adecuado de ponerme lo que seguramente sería rocknroll de tiempos más luminosos. Pensaba.

Era primavera de 2020, la primavera desde la ventana, la primavera mala consejera.  Pero un día, saliendo del trabajo, en esos días que no había nadie por las calles, di al play (que sonara algo, que sonara algo fuerte) y me encontré a unos tipos que de entrada me saludaban diciendo que apagara la radio, que el coma musical reina en antena. La espera en el semáforo empezó a resultar prometedora, pese al vacío.

Y supongo que no fue por eso, o tal vez sí, pero más o menos todo fue resultando a mejor desde entonces. Ha ido coincidiendo el devolverme la música y el rock con apagar la radio y actualizar el Spotify y el Itunes. Con encontrar tiempo para volver a leer, incluso, y dedicar más horas a dormir…

… he aprendido a dormir cuando no hay aparentemente nada que hacer para luego poder vivir cuando no hay aparentemente nada que dormir.

Me ordené al máximo, exprimiendo los minutos como he hecho en mis más sobresalientes momentos, viviendo todas las aristas de la vida a la vez, con cierto orden. A falta de amigos en persona, a pesar de las ausencias ajenas y propias. Aunque ahora los fifas sean contra mi mismo por falta de tiempos libres y pretéritos. A pesar de las complicaciones. Mi mejor yo, renacido.

La más preferible de las versiones, hasta en la báscula: este año, de tanto perseguir a Atila por los escasos metros cuadrados, he perdido más de 10 kilos. Tengo peso de universitario y eso que ahora me pido cervezas de importación y me vengo a sentir un estratega real mientras juego al Civilization y le digo a Temujin que vaya pensando en expandirse por la otra esquina, apoyando solemnemente en la mesa (como si me estuviera viendo alguien) mi jarra de juego de tronos rellena de exótica cebada mediterránea.

Mi boda roja se juega en un metro, y no es malo. 

Soy más frágil que nunca (me siento como Max en Mascotas 2, mirando a izquierda y derecha, rascándome la nuca, viendo peligros, rescatando tigres, lo habitual de un padre, vaya) pero estoy más agusto que nunca. 

Para que digan que los 37, y sus decenas de canas, son mala cosa. El truco estaba en compaginar la vida, trabajo, paseador de westie, padre, marido (ésta es la parte que necesita mejorar, según la experta independiente wife entertainment)

Así que 2020 también ha sido renacer, rechequear, balancear. He puesto esta mañana de domingo Zigarros en los altavoces, suenan de fondo, y leo que llega el solsticio y los días empezarán a ser de nuevo más largos.

Pero no me vengo mucho más arriba, que el DJ de los hunos va a requerir Cantajuegos en menos de lo que canta un murciano; eso ni se cotiza. Pero está bien, es lo suyo. 2020 también ha sido el año del rap de los fideos... y ha sido el giro al sol en el que supe que mi nuevo objetivo vital es… ser Bandit.

Bandit Heeler (tenéis que ver el episodio de la piscina)

-continúa en Note to self: Don’t die (IV)

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