Otoño en vena

…Y otros son más tristes que una despedida en la estación

Siempre vi las sombras del tren al pasar. Me acostumbré al tranquilizador traqueteo del talgo más o menos siempre puntual a su cita con la medianoche. Primero junto a la fuente que ahora se ha convertido en un simple grifo. Después, más arriba, junto a la caseta en la que siempre nos gustaba imaginar que había algo más que unos perros ladradores. Luego, más tarde, ya arriba en esos pisos antiguos que son iguales en todas las ciudades.

Recuerdo que el abuelo nos llevaba a las peñas y jugábamos al escondite, partíamos ramas, cruzábamos de un lado a otro la vía corriendo. Nos refugiábamos del ferrocarril que podía tumbarte con el viento. Puedo jurar que ahí me dejé un par de dientes.

Luego llegaron las obras y las máquinas y un obrero nos pilló aquella tarde en la que pensé que todavía podía ser ese un buen sitio en el que jugar a perder la adolescencia.

Y acabé más abajo que nunca, pero de nuevo junto a la vía. Más allá de la fuente, más allá de las rocas que íbamos a visitar. Ahora ya todo es cemento, grúas y multitud de casas vacías. El nuevo perro sólo ladra a fantasmas.

Me cambié de ciudad y ya no siento las sombras del primer tren de la mañana. Va bajo tierra, pero la telaraña sigue ahí. No la quito, no hace nada, sólo ocupa su rincón. Será eso… que servidor también creció cerca de las vías.

A mi, maestro, también me alegra más escuchar un Quique que un dueto con Marta Sánchez. Y llegas justo a tiempo…el lunes me pilló con la hora cambiada y ahora te tengo puesto…

“Esa canción me suena”, dijiste para ti sin saber encontrar la respuesta…

en vena.

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