La luz que surgió del Ebro

Lo que no entendía nadie eran esas luces de posición. Si lo-quediantres-hubiera-sido-eso era obra de otras inteligencias ¿para qué iba a llevar esos pilotitos rojos? “Sí, ya”, decían otros. Pero… ¿es que acaso alguien había visto alguna vez un artefacto humano que tuviera luces verdes y azules?

No tenía sentido seguir discutiéndolo más, porque aquello había desaparecido detrás de El Pilar y las pequeñas olas del Ebro seguían su curso, como si el tema no fuera con ellas. Como si no hubiera salido de ellas.

Imagen de 4924546 en Pixabay

Regateamos la basílica despreocupados, haciéndonos los valientes. Nadie quería dejar traslucir el miedo y menos tan cerca del agua. Pero entonces llegó el estruendo. El tranvía descarrilando junto al edificio de apartamentos, el vagón fuera de la vía aterrizando junto a César Augusto.

Y lo peor no era no tener respuestas sino el negocio que se fue montando alrededor de los extraños fenómenos. “Ya no estamos solos”: toda la zona se había ido llenando de globos comerciales, lonas, pantallas con anuncios de macrocorporaciones, modelos, frikis y caretas: “Lo importante es la audiencia, hijo”. “Aquí hay negocio”. “Todas las miradas del planeta están puestas en este punto”.

Y las miniolas que hasta entonces rompían despreocupadas optaron por retirarse.  Cien, doscientos, quinientos metros. Nadie se dio cuenta del Ebro porque todos miraban la luz verde y azul que esta vez se iba acercando más y más al Pilar.

Las luces rojas, advirtieron las televisiones, no eran de posición. Eran letras, cuatro letras.

 Chof.

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