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Colores y orgullo

“Negro…Negro. Despierta, Negro. Eh, aquí, hola: Huesca, 23 kilómetros. Despierta”

Miré a mi derecha y asentí. 23 kilómetros para Huesca, sí. Pero lo que no sabía calcular era cuántos llevaría conduciendo como un autómata, tomando curvas y activando el limpia sin gastar muchas neuronas en el empeño. Le había pedido a Moneo poder llevar la furgoneta para quitarme la mala rabia del descenso del CAI. Ella a cambio se había ofrecido a hacerme compañía hasta El Alcoraz, a donde tenía que ir para recoger a mi compañero Manzanares.

Una hora y media antes, el tiempo había ido más despacio. Green le había pasado la bola a Quinteros. A siete segundos de la gloria o del fracaso, un trencilla con mala leche decidió parar el partido y señalar falta en ataque. Un minuto después volvía a pitar en contra.

El Príncipe Felipe se venía abajo a gritos mientras Moneo y servidor corríamos hacía vestuarios. Queríamos grabar lo que allí pudiera pasar, era lo planeado si el desenlace no era bueno. Allí estaban los murcianos, dando brincos y empujándose. Algún responsable de casa se dirigía al colegiado preguntando por su familia. Quinteros estaba fuera de sí. Mi cabeza estaba en standby. Moneo grababa.

“Ha sido un año difícil, toca aprender de las cosas que hemos fallado y seguir creciendo en la ACB. Sabíamos que ibamos a sufrir hasta el último segundo, eso decíamos, y al final ha sido justo hasta el último segundo pero lo hemos logrado”

Había pasado toda la noche nervioso, no sólo por el partido sino por cómo sería el postpartido. Ésa (pensaba) podría haber sido perfectamente una de las frases de la noche. Pero a cambio tocó escuchar dimisiones, ver caras largas y enfados monumentales. Salió a dar la cara el Bicho Lescano y estaba ausente. Sus ojos reflejaban la misma desolación que he visto en otros deportistas y amigos, con una mirada al infinito que desgarra. Preferirías ser amigo que periodista, preferirías abrazar que tener que preguntar. Matías es uno de sus hombres por los que sólo puedes sentir admiración. Un jugador de esos que llaman “one club man“, gente a la que identificas junto a un escudo: Xavi Hernández, Raúl González, Nacho Solozabal, David Barrufet. Una persona que sufre al lado de unos colores. No creo que me escuchara decirle “ánimo Capi”.

Una persona afable y de la que todo el mundo te habla bien. Siempre educado en las entrevistas. Pronto cogí afecto a su referencia como representante de un equipo al que siempre apetecía ir a ver…gracias también a Arturo Sisó, un jefe de prensa con el que da gusto trabajar (y eso no siempre es habitual).

Junto a Lescano encontrabas también por ejemplo a un fenómeno como DP, la persona que más me ha hecho disfrutar de una entrevista. Un auténtico fenómeno dentro y fuera de la pista. No miento si digo que disfrutaba de sus canastas más que de las de ninguno…además claro de gritar como un poseso con cada triple del enorme Paolo Quinteros. Podría continuar.

En fin, no sé cuánto tiempo durará mi estancia en Zaragoza. Tal vez haya sido este año, sea otro más o me casé aquí y viva junto al Ebro por mucho tiempo. Pero lo que sí ya sé es que esta ciudad habrá cambiado cosas en mí: Aquí me llaman por mi apellido y respondo a esos colores con orgullo. Y con ese mismo orgullo me siento rojillo, unos colores que ya no olvidaré.

Hoy – preparando el programa de mañana – he visto y revisto a cámara lenta el minuto que nos dejó helados. Con la cabeza algo más fría que ayer, he escrito tres minutos de crónica de lo sucedido. La herida duele pero merecemos volver. Por cultura de baloncesto, por la afición. Por las lágrimas del Bicho, por la alegría de DP.

Porque uno es negro pero también rojillo: Aupa CAI, pronto de nuevo en ACB.

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One thought on “Colores y orgullo

  1. A los rojillos siempre nos toca llorar, pero somos una gran afición y algún día volveremos a llorar de alegría.
    Gran crónica, negro, me puso los pelos de punta.
    Larga vida a la afición rojilla.

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