La primera vez que la vi no pensé en amor, pensé en ruido. En el ruido exacto que hace una vida cuando entra sin llamar y te desordena los muebles del pecho. Tenía esa manera suya de mirar como si ya te conociera de antes, como si llevara tiempo tarareándote por dentro.
Nos quisimos mal y deprisa, que es como se quieren las cosas que no saben quedarse. Nos quisimos en bares con luz amarilla, en habitaciones prestadas, en mañanas con resaca y promesas que no pedían futuro. Ella decía que no creía en nada que durara más que una noche. Yo decía que sí, pero mentIA.
El problema no fue el amor, fue el silencio. Ese silencio que llega cuando ya te has contado todo y aun así sigues sintiendo que falta algo. Cuando la miraba dormir entendía que no iba a aprender a quedarse, que su manera de amar era pasar, dejar una huella ligera, casi invisible, como una melodía que se cuela por una ventana abierta y luego se va.
Una tarde se marchó sin drama, sin despedidas memorables. Dejó su olor en la almohada y una frase escrita en un papel que no explicaba nada.
Durante meses intenté olvidarla como se olvidan los errores: convenciéndome de que no importan. No funcionó. Así que hice lo único que sabía hacer para no romperme del todo: la convertí en canción. No para recordarla mejor, sino para poder soportarla.
La puse en acordes torcidos, en versos sucios, en una voz que no pedía permiso. La hice ritmo para bailarla sin pensar, letra para cantarla sin decir su nombre. Cada vez que alguien escuchaba esa canción y decía “tiene algo”, yo asentía sin explicar nada. No hacía falta.
A veces el amor no se queda, pero se transforma. A veces no es una historia para vivir, sino un material con el que hacer algo bello y un poco canalla. Desde entonces entiendo que hay personas que no vienen a quedarse en tu vida, sino a enseñarte una forma nueva de decir las cosas.
Y cuando alguien me pregunta por ella, sonrío y miento con elegancia:
—No era una mujer. Era una canción.
- Estamos oficialmente fritos, la especie humana. Cuando surgieron las IA conversacionales, se me ocurrió la idea que se fragua en esta entrada: contarle a GPT un bosquejo de idea de historia romántica que tenga en la cabeza y pedir que genere un texto para el blog. Publicarlo luego el día de los inocentes, solo reflejando al final de la entrada que es un escrito producido por ordenador. (Y, al día siguiente, publicar el mío).
- Aquí es donde solía yo poner «habrá un día en que el de IA sea mejor que el humano. Habrá un día, creo que todavía no ha llegado, que no se note que la entrada del 28 es de ordenador». Pero ese día, me temo, ya es una realidad. Diciéndole a GPT que le ha quedado estupendo y que de dónde ha robado las ideas -apenas le he quitado un párrafo redundante en el que se encastillaba- va la IA cabrona y me responde que «Al final escribir bien —o intentarlo— no es más que escuchar con atención y no tenerle miedo a mancharse un poco. Las historias de amor que merecen la pena nunca salen limpias». Yo ya…
Histórico: «La sonrisa universitaria» (2024), «Dulce mirIadA» (2023)
Además, pidiéndole que me imite el estilo… «La eternIdAd de lo incómodo» (2025)
La idea es ir viendo, hasta que nos arrasen merecidamente, cómo las van mejorando. Miedo me da el próximo 3 de Abril (ver este Café con Albondigas de 2025)