Su mirada le reta en el espejo, imaginándose cómo entra triunfal al bar.
«Miradle»—dirán— «ahí viene Mister Hambre: siempre dispuesto a observar su presa, entrar a matar, enamorarse y enamorar».
Observa de reojo sus cuffed jeans con orgullo. Ha crecido, ya no es tan inseguro. La noche, irremediablemente, se someterá a sus designios. Se perfila la patilla, que llegue hasta abajo, que quede claro que el pistolero ha llegado ya a la ciudad.
Y que, como me hagas daño… te convierto en canción.
—Proceda—, indica el tramoyista. Hacen su aparición los tercios, la caballería, la rebuznería en general. «Vigila tu espalda, que el puñal vendrá de cualquier parte», le chivan espíritus acúfenos.
Y aquí estoy yo, cóncavo y convexo, con la chistera lista y la mano no tan inocente.
Atrona la orquesta, y entonces brotas tú entre vibraciones, convertida en estrella de mi copa de vino.
La noche pinta en Do mayor. Te llamas Elena, así que te envía el destino. C, B, F, G; demonios… Cumulonimbus flammagenitus.
Dibujas una clave de sol en mi jersey de rayas. Nada que perder. Libertad. Fusión. . Vuelo dentro de ti, lagartija en diagonal. De aire eres: que todo arda y que arda todo.
El ente había sentenciado la existencia de esa noche.
Si mañana me llamas y te digo que no estoy…
No preguntes, nena, que yo de qué voy
En la cocina, en el ascensor, en la mesa del salón…