(viene de «La impronta» -1 de 2-)
—El cantante de Blur es el que ahora está con los Gorillaz, ¿no? —me dice el alumno antes de alabar mi buen gusto.
Iba a protestar diciendo que aún están en activo, que habían sacado disco en directo y hasta un video del concierto hace bien poco; pero estaba ya con medio cuerpo entrando a llenar mi botellita de agua, que ante todo soy un señor que necesita beber agua durante la clase para cuidar su garganta. No en vano, soy alguien que tuvo walkman y cintas de cassette.
Tengo pendiente ―escrito en mi cabeza, pero tengo que teclearlo― un par de entradas para Los 4 Palos, hablando de que apenas nada de lo que creemos verdad lo es ya. Este año, la película más vista en el mundo ―y por mucho― es una de dibujos chinos que no hay manera de ver en España, y que he conseguido subtitulada en inglés y espero ver pronto. Es un ejemplo más, solo hay que mirar videos de China, de que pensamos que vivimos en un mundo con unas reglas que más o menos entendemos… pero las reglas han cambiado por completo.
En este mundo apresurado, tu ventana para meter un mensaje es mínima, y gracias a Dios en eso yo ya estaba entrenado por los años en política. El espacio para dejar impronta es pequeño y hay que aceptarlo. Eso por no hablar de las veces que escribes un texto que se malinterpreta, otras que se queda algo sin enviar o que has dado algo por leído y no has contestado… y se genera un conflicto alrededor de ello.
Pero hoy quería hablar del gran reducto del foco, de la resistencia: los pequeños. De mi par de elementos que no nos quitan ojo ni a su madre ni a mí. Y no solo a nosotros, porque también pasan ―sobre todo en esta época escolar― muchas horas fuera de casa, y también les van dejando impronta sus profesores, sus compañeros, los hermanos de los compañeros… (este verano, una tarde, tuvimos la idea de invitar a unos cuantos amigos a casa y aquello se convirtió en Jumanji).
Así que, de repente, han aparecido los tacos. El mayor, cuando se enfada, para hacerse el machote y ganar una discusión con golpe de autoridad, de repente suelta una palabra fea que no siempre encaja con el contexto. Lo que más me molesta no es eso (se pasará) sino que el otro también lo oiga, porque aunque todavía no ha mostrado intención de usarlos, está claro que ya se le empiezan a quedar en la cabeza; es habitual que un hermano también impronte al otro, para bien y para mal, y por eso suelen salir más espabilados los segundos en la infancia.
Así que en ese afán de ir poniendo buenas semillas, hemos instalado una serie de rutinas preventivas que ya están bien cuajadas, como ir a la biblioteca, coger libros, y que vivan que en casa se lee, que la pantalla se apaga al menos un rato, y que hay mucha magia y mucha vida por descubrir en lo escrito y dibujado.
No, no sabes qué es lo que se puede quedar y configurar en esos pequeños cerebros. Una vez más, me acuerdo del añorado Marías y su discurso de entrada en «Tu rostro mañana»: de que «no debería contar uno nada». Pero es que ya no hace falta. Ya también son los gestos, las miradas perdidas, el teléfono que nos mete en un scroll infinito.
Mis libros ―los escritos por mí ― andan por casa, pero también los libros de amigos. Y el otro día, a M —el mayor, curioso y fantástico— le dio por cogerme un libro de uno de vosotros, de uno de los que tal vez entre por esta página.
—»Papá, tu amigo —llamemosle X— dice muchos tacos en su libro».
Se lo quité a todo correr, aunque el daño ya estaba hecho. Me quedé pensando en que algún día, unos cuantos solsticios mediante, tal vez se ponga a leer las cosas que decía o pensaba su padre veinte años atrás. Entrar aquí, a eso de las páginas web. Ojo, que tengo la intención de seguir todavía por el mundo para entonces, porque bebo mucha agua antes de dar clases. Pero quién sabe, quién sabe. Qué impronta dejas y la huella que vas diseminando. Lo que se acordarán de ti y lo que podrán descubrir.
Si el camino que abren será bueno, si el camino en algún momento ya se torció, y el pánico de no ser tú el que se equivoca al elegir la intersección… pero de tal vez haber marcado ese momento via impronta.
En veinticinco años, ojalá, poder decir que todo fue bien.