Otra buena tropa de chavales con los que he compartido unas cuantas horas —algunos ya llevan una buena colección de meses— se enfrentan en unos días al examen teórico de su oposición. Intento, por ello, en estas últimas lecciones, ponerme en la mente de los que van a generar las preguntas para, con suerte, acertar a ver esos temas en las últimas clases y dejar la impronta final… pero no siempre me sale, claro. Casi nunca, de hecho.
Uno de mis alumnos, uno de mis favoritos de hecho, llega con una camiseta azul celeste que, por detrás, parece de fútbol. Del City, vaya. Como es difícil conectar con esta generación, que vive en otra realidad respecto a la nuestra, aprovecho la coyuntura para darle una palmada en la espalda y preguntarle de qué equipo es la zamarra.
—No, no es de ningún equipo —me dice—, es de un grupo de música. Oasis, ¿los conoces?
—Pues claro —le digo, en shock.
Me quedo callado en mi mente lo que me parece internamente minuto y medio, aunque seguramente no pasó ni un segundo. Es imposible, a este nivel de canas —protestan mis avejentadas neuronas—, no conocer a Oasis. Cómo explicarle aquello de que soy más viejo que un bosque. Que cómo no voy a conocer a Oasis si hasta mi amigo Al. los ha llegado a ver borrachos en una discoteca de Salamanca, pasando un mal rato como casi todos en esa época según a qué horas.
De vuelta a la vida real —en efecto, apenas han pasado unas décimas de segundo— contesto:
—Pues claro (…) aunque tengo que decirte que siempre fui más de Blur. Cuando tenía vuestra edad era más del otro bando, porque me parecía más singular escuchar su disco 13 que andar cantando Wonderwall.
No procede explayarse, para empezar en el hecho de que llegué a Blur en la pubertad, mucho antes que sus veintes. O en que compré el disco de Blur en un Corte Inglés de Mallorca, primavera del 99, para huir en el walkman de lo que me sucedía entonces, que ahora sería llamado bullying, algo que por entonces no diré que fuese tolerado, pero desde luego la importancia que se le daba era mucho menor.
El cuerpo, en definitiva, pedía más cantar B.L.U.R.E.M.I. que cosas más mainstream. Eso de lo que luego se quejaría Travis de:
«The radio is playing all the usual
And what’s a wonderwall anyway?»
Todos eran mainstream, en cualquier caso (antes la MTV se podía ver). Y todos macarras, a su manera, pero sin duda uno de los dos hacía discos más raros.
Hace ya catorce vidas de eso, como demuestra el hecho de que por aquí, por Trapseia, ya no se pase casi nadie de Zaragoza ni por error; lugar querido donde presenté un programa deportivo de televisión que empezaba precisamente con una sintonía de Blur. Démosle al play, Song 2. Y eso hizo que, durante tiempo, no quisiera saber nada de esa canción, que me sonaba a lunes, a ansiedad de una escaleta por rellenar, a programa interminable que producir, poco agradecido por parte de algunos jefes que no valoraron el equipazo que había en esa redacción. (Y que dejó impronta, o eso creo)
Sí, chocan las sinapsis y se reafirman: yo conté, a ritmo de Blur, el último ascenso a Primera del Real Zaragoza, el descenso y retorno del CAI a la ACB, la imparable progresión del deporte femenino que allí ahora da tantas alegrías. Pero es que antes de eso —lo cuento y me miran como si fuese el dinosaurio que tal vez ya sea— ya presentaba el telediario de noche en Ávila, cuando había dos teles locales y urbanizaciones enteras construyéndose por doquier.
—Tienes buen gusto, Rubén —concluye el alumno, ajeno a toda esta catarata de recuerdos que me había provocado su camiseta.
Al día siguiente aparece de nuevo con una camiseta molona: en este caso de Linkin Park. Me dan ganas de responder que yo tengo el gusto de mi tiempo, pero que lo heroico es lo suyo…
(Continuará en «La impronta» -2 de 2-)