Hace 3 años exactos todo era frenético, pero no olvidaré nunca el viaje entre Granada y la costa. Dos niños (de 4 y 1 años) muy monos pero complejitos de llevar por carretera. Bodas y compromisos. La vida dando duro en varias direcciones. La necesidad de que saliese un buen verano.
Una señal
No me refiero a una señal de la vida, sino a una de carretera. La he visto más veces desde entonces, pero no la encuentro por Google. Es amarilla, salen 3 motos como frenando detrás de un camión. Era un poco jeroglífico, aunque supuse que se refería a «cuidadín, que cuando llega la cuesta arriba como vengas dándole al acelerador te chocas con el de delante»
^ Tras la publicación, actualizamos la entrada con la imagen de arriba. Con una pista visual proporcionada por un amable lector, y el siempre eficaz Google Lens, hemos encontrado casi casi la señal: es el mismo concepto que lo que narraba, con camiones.
Eran pequeños, así que había que parar con frecuencia. Por ello, y en homenaje a esos ancestros míos que siempre me gusta imaginar hace cinco siglos rondando esas rondas y alhamas, fuimos por carreteras no convencionales. Sin prisa y con ventanilla abierta cuando se podía. Subiendo algún cerrito, descubriendo pueblos impresionantes, como Olvera. Dando un paseo por el Embalse de Bornos. Contando a los viajeros del coche que Grazalema es ese sitio del trivial de la pregunta de «dónde es donde más llueve». Descubriendo que el arrullo de esos montes y mis historias fascinantes habían dejado a todo el coche dormido.
Unas vacaciones de las vacaciones
No hay que explicar la idea porque se entiende perfectamente. Un poco de agua a solas, volver a las carreteras, ponerle más instantáneas a la polaroid de esto de la vida.
Tiempo después, mucho más al norte y bañado en una cántabra agua congelada, M. (6 años) movido por las metáforas y la ensoñación, vislumbra un avión que parece ir hacia Selene y filosofea
«La luna se está dando un baño en la piscina del cielo»
A seguir capturando momentos, que Agosto ya amenaza con escaparse…