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El mundo se mueve

Ya me pasaba de pequeño, cuando empezaba a ver el mundo más allá de mi cuadrícula e ir a Madrid me dejaba claro que las cosas no sucedían a la misma velocidad en Ávila que en la capital. Un buen amigo —aún no éramos jóvenes pero tampoco niños— exclamó un día al pisar por primera vez Salamanca que ya tenía ganas de conocer «la gran ciudad», lo que nos provocó  a todos mucha risa y desde entonces lo recordamos siempre, sobre todo porque terminó convirtiéndose en el Marco Polo abulense.

El mundo gira. Algunas ciudades lo hacen más deprisa. ¿Pero eso hace que todo sea más real?

Los años pasan, la pregunta permanece.

Anoto estas primeras ideas en el control de pasajeros de Bruselas, mientras algunos de los últimos compañeros terminan de pasar el control de seguridad. Ya de por sí, pienso, esto que hago es una rareza que va contra el título del artículo y contra la dirección del mundo. Por suerte —yo creo que por suerte— aún perpetro la rareza de escribir: es extraño ya hacerlo y dejar unas líneas en vez de grabar un vídeo o una colección de reels para los que nunca he tenido la mano suficiente.

El viaje ha sido un necesario paréntesis entre esos días de tan rápido discurrir que forman nuestra cotidianidad. El recuerdo va a ser indeleble: «Vivir a la deriva, sentir que todo marcha bien, volar siempre hacia arriba»... ya manejo las vueltas al sol suficientes para identificar cuándo algo ha sido inolvidable y nunca se repetirá. No igual, no con las mismas personas, no con las mismas sensaciones.

Nunca atravesaré Brujas con una guía tan apasionada y a la vez con un desconocimiento mío tal sobre lo que iba a encontrar. Porque ahora ya sí, ya lo habré visto por primera  vez.

Nunca tendremos la sensación de necesitar encontrar un buen sitio en el que refugiarse de la terrible lluvia de Gante y acabar todos en un hotel en el que unos limpia parecían jugar a hacer rapel por las cristaleras, generando uno de esos momentos impensables por lo insólito de lo que sucede y por lo extraño de que mi torpe mano logre captar el instante. 

Todo empezó en Amsterdam. La jefa, R, consiguió vencer los contratiempos y que todo nos siguiera saliendo adelante. Cargamos un Rembrandt y subimos a un bus en el que desde entonces, desde la esquina trasera,  contaría 27 vidas en el encuadre antes de pasar a negro.

[Pronto descubriríamos que no había descanso en el cronograma de viaje]

El Parlamento Europeo aún huele a pulpo, o eso quiero imaginar al escuchar el inconfundible acento. Nos cuentan y enseñan sobre ese oasis de paz en medio del mundo complejo. Eso es lo que nos ha unido: la comunicación, la política, los retos del porvenir, cómo comunicarnos, cómo intentar dejar un mundo mejor, si eso aún es posible.

Argentinos, colombianos, guatemaltecos, españoles, ¡que no me olvide de Ecuador! conversando sobre la realidad. Las barreras que permanecen, lo poco que sabemos de los problemas y los puntos de vista de unos y otros. Inmenso el camino que aún queda por recorrer sobre todo en la educación.

Gírate, Rubén. Mira y aprende. Recopila y chequea, actualiza y complétate. Filosofamos sobre ello y sobre cuánto y cuántos somos conscientes de cómo los cambios acontecen sin parar, de cómo todo se transforma mucho más rápido de lo que imaginamos.

La importancia de unir.

Yo, pesimista —ya dijo Truffaut que un pesimista es un optimista con experiencia—, salgo, pese a todo, más convencido del futuro posible de lo que lo estaba antes de entrar. 

Sigue habiendo un ajedrez pendiente.

Otro retorno al quinto piso. Slv. me gana la batalla: ascensor vence a escaleras (debí pensarlo antes, demonios) y llega primera a las habitaciones con la amenaza de dejar al vecino sin agua caliente.

Pero no, aún funciona. Serán las brujas buenas. Las que dejan la escoba sobre los tejados, como me decía entre casitas nuestro inquieto e imparable camarógrafo oficial y su tarjeta de memoria infinita.

Florentino, mientras tanto, quemaba titulares y redacciones, pero eso solo lo sabríamos después. El mundo había seguido girando mientras dibujábamos un mundo que ¿aún será posible?

La respuesta la tiene K: uno, en el que todos somos. Nuestro más joven viajero es quien nos ancla a la realidad. La vida son sus sonrisas y sus imaginaciones. Me apoda Skeletor porque él, He-Man claro, es el bueno de la pelea. Usa con maestría su palo de bandera de Europa contra mi rojo paraguas. Me vence, nos vence, nos convence.

El mundo gira, pero la vida son ellos. El sueño de lo que legaremos para los pequeños con mirada transparente. Ellos sí, son lo importante. Y por eso la comunicación política también lo es: lo que se cuenta, cómo se cuenta, dónde se cuenta, quién da cuenta… es importante.

[Esto ya solo lo pienso para dentro, porque si lo digo en alto lo mismo se me aparece Florentino y me hace un catenaccio]

Otro instante. La noche. La última noche.

Dejando al destino procurar, este procura un último delirio. Todo adquiere sentido cuando aparecen dos aragoneses y ya somos cuatro: tres autóctonos y yo como castellano-aragonés.

Suena Clint Eastwood, de Gorillaz. La normal beer —había que economizar a esas alturas— sabe como nunca. Gente de todas partes bailando alrededor. Algunas subidas en cohete. Otros mostrando armonías insospechadas.

Mis amigas, las Spice, enseñan fotos de su tierra. Extremadura pegada a un micrófono. Cómo sobrevivir a unas Fallas. Aventuras de un Uber sin el seguro en regla.

Llega el momento de recogerse. Una última caminata dejándose perder. Una escultura inesperada, una noria, otro giro en the view.

F. nos desayunará con un quitapesares de Guatemala, de los hechos a mano, para que vele por nuestros anhelos. 

Y otro café más para frenar el sueño. Para el sueño, para poder seguir caminando y ser puntual en ponerle a todo el punto final. Mi mente y mis pies ya vuelan al embarque,  pero aún queda una última espera.

¿Será bueno tener la velocidad de quienes, mientras el mundo se mueve, ralentizan su caminar? ¿O será bueno lo contrario, el ir siempre corriendo de un lado a otro, intentando vivirlo todo, prometiendo viajes que seguramente nunca se realizarán?

K. y yo hablamos de pitufos y nos comemos un par de ellos. Sam le enseña a escribir Brujas para el cuaderno de un viaje en el que casi tocamos todas las puertas. 

El jaque mate de lo pequeño. Las historias grandes. El mundo que se mueve, los viajeros en sus zapatos.

«La siguiente la conocerás conmigo», me escribe el canalla DC, ausente pero presente. Lo leo ya en el ryanair, sobrevolando un Paris cubierto por una nube interminable que dura hasta casi Orleans.

Prepare for landing

La nube parecía abrazable pero apenas nos acolcha el avión… que gira en dirección contraria para que nosotros sigamos de vuelta.

Himno a la alegría.

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