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El candilazo

Era un chascarrillo habitual de mi padre, una de esas improntas que se te quedan grabadas (como mencionaba en un escrito anterior). Le encantaba la tontería, el juego de palabras, y de repente, hoy a mediodía en Ávila -no muy lejos de donde trabajó durante años- he recordado su frase.

Él insistía en que era una de las peores poesías en español que había aprendido de joven:

“Tardes de luna, noches de arrebol, do re mi fa sol.”

Todo ha empezado a las 7:40, al salir del tren en Ávila, con cara de recién despertado. Una chica, rauda, ha sacado el teléfono y ha apuntado más allá de las vías. Todos nos hemos quedado mirando hacia donde ella enfocaba, en dirección a la vieja casa cuartel de la Guardia Civil.

Un candilazo. Un arrebol, si lo buscan en la RAE.

La hora justa, las nubes justas y el aire frío justo —aunque eso no se percibirá del todo en su foto— para un espectacular arrebol que Ávila regalaba en su amanecer.

No había sido un viaje fácil, porque resulta que hoy era el Día del Docente. Y, claro, los jóvenes anoche hicieron su papel. Justo antes de que se cerraran las puertas del tren en Valladolid, a las 6:30, una cuarentena de adolescentes —vestidos de calabazas, esqueletos y otros disfraces— irrumpió en el vagón.

Algunos, los que solo queríamos dormir, cruzamos miradas silenciosas, sabiendo perfectamente lo que se avecinaba.

De Valladolid a Medina disfrutamos de un improvisado “concierto” de rap, en el que la rima estrella era «compadre» con «madre» y «gilipollas» con «polla». El revisor, astuto, ni estuvo ni se le esperó.

Una de las jóvenes que acompañaba a los botarates interrumpió al «poeta en jefe», veinticinco minutos después de demostrar lo lejos que quedaba de Arkano, con un demoledor:

“¿Pero es que tienes que acabar sexualizando todas las rimas?”

Tras Medina, el silencio. Y, en Ávila, el candilazo.

Un café después empecé a despertar. Tengo muchas ganas de este fin de semana. Hay algún amigo que lo sabe y algún amigo que no, pero van a ser un par de días de encuentros con gente a la que hace mucho que no veo. A algunos quizá no tanto, pero siempre parece demasiado tiempo.

Antes de eso, tenía que dar un par de clases. No era yo hoy de los docentes agraciados, sino de los otros.

Y agradecido de ello.

El caso es que, una semana antes, uno de mis alumnos me había escrito contento porque había logrado anticiparle un par de las preguntas que luego le habían caído en el examen. Todo hace indicar que hemos sabido darle un buen empujón a una promoción prometedora de estudiantes que ahora inicia una nueva vida.

Y, oye, pues eso me tenía el corazón contento, que ya venía iluminado desde el candilazo del inicio. Con la flechita para arriba —como decimos los que jugamos al Pro Evolution—, la primera clase me pilla sorprendentemente elocuente, dadas las horas de sueño.

Al bar del café posterior entran Maléfica, Jafar (el de Aladdín), Cruella de Vil —esto ya da pista de que hablo de cuarentones— y otras narices con verrugas.

En estos días en que, ante las partidas imprevistas, nos ha tocado reflexionar sobre la importancia de vivir los momentos —porque la guadaña siempre acecha—, buenos sean los pequeños instantes.

Vendrán nubarrones; bienvenidos sean los rayos.

Pequeños instantes de felicidad, que bien valían un modesto post.

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