—Papá, ¿de pequeño tú veías Bob Esponja?
—De más mayor. Yo creo que es para más mayores.
—Pero… ¿había ya Bob Esponja cuando tenías mi edad?
—Pues, no… no lo sé. Yo lo veía cuando vivía en Zaragoza.
—¿Y qué edad tenías?
—A ver que haga la cuenta…esto.. 28.
—¡Y veías Bob Esponja?
—Bueno, es que antes no teníamos como vosotros 200 canales, la posibilidad de ver los últimos siete días, grabaciones… Estaban los canales que estaban. Hacía mucho calor, te quedabas en casa a refugio de sol y cierzo… y lo mejor que había en la tele era Bob Esponja.
—Pues Common Sense dice que es para niños de 6 años.
—¿Y tú cómo sabes que existe esa página? ¿Ya le has cogido el teléfono otra vez a los abuelos? Y no es de seis años… ¡es de más!
Se va poco convencido.
Me quedo yo aún menos convencido, pensando en qué sabrá ya buscar y qué no cada vez que alguien se deja un trasto encendido cerca de sus manos.
¿Cómo va a entender un niño de seis años el episodio en el que Calamardo se marcha con gente que le respeta, servicial e ilustrada… y acaba volviendo al fondo de bikini porque, aunque nunca lo reconocerá, echa de menos el alboroto, esa maldita esponja que hace ruido, toca puertas, rompe cosas y cocina las mejores cangreburguers del océano?
Es verano otra vez. Somos feos.
Usted y yo, digo. Los pequeños no, ya tendrán tiempo de malearse. El caso es que acumulan estíos, se van haciendo grandes, respondones. Lo que algunos llaman adrenarquía ha formado parte de nuestro fin de colegio, inicio de verano. También es conocido como «repite eso y conocerás la órbita de Makemake», por su parte planetoide molón en donde en Julio seguro que hace frío.
Aquí no, aquí hace calor… y Pato está en órbita. Que a lo mejor ustedes no lo saben, porque están con lo del mundial, el falcon, o el carrusel de imputaciones, pero resulta que Pocoyó tiene una hermana, Bea, juegan a inflar globos y Pato se ha ido al espacio. Y yo con él, porque puede que tenga ya 42 años -pronto 43- pero… me sigue gustando Pocoyó. Mucho. No piensen que soy el único ni que esto no tiene su carga de profundidad. ¿Saben la historia de cómo se aprende arquitectura con el adorable chavalín? Vean, vean…
Echo de menos Pocoyó. Es decir, que en cuanto se despistan les cuelo un episodio. ¿Han estado jugando al baloncesto? (gracias a Edu y su buena mano), pues aprovecho y les pongo a Elly manejando la pelota.
Y cuela, pero solo un poquito. Es natural: hay muchísimas series y algunas muy divertidas. Aun así, yo echo de menos Pocoyó. Supongo que, en el fondo, echo de menos que fueran más pequeñuelos.
Aquel verano, antes de la obra en la casa de mis suegros, los dos primos se sentaban conmigo en el porche —el “porche norte”, lo llamábamos— a ver dibujos, tranquilos, a tres paredes de todo lo demás. Yo les señalaba a Lula cada vez que aparecía, para que aprendieran lo bonito que es tener un perro y trataran con amor a Paco, el westie que tantos episodios ha visto desde su atalaya busca ardillas, siempre pendiente de la verja.
Pocoyó es profundidad.
No solo en el tratamiento de los espacios, también en sus personajes. Y sí, salieron episodios en 2025 (lo que fue motivo de nominación a #Faritos), pero ya no fue lo mismo. En casa, el interés renovado duró solo unos días, por ser nuevo. Porque claro, tenemos «Casos de Criaturas», Los Octonautas, Pitufos, Gabby… que, ojo, también lo molan todo.
[No me flipaban ni ná los Pitufos a mí de pequeño…. Y ahora la peli de la aldea escondida me parece top].
En definitiva, que dado que seguimos en órbita -como Pato-, que el ruido nos acompaña -como a Calamardo- y que los enanos siguen rompiendo todo -para aprender arquitectura nada como ir al Ikea-… declaro la procedencia de disfrutar del bochorno insano de esta infame estación, inaugurar las entradas veraniegas e invocar la pronta presencia de las candidaturas de Faritos en este ecuador del año.
¡Hola!