Cuando me fui a vivir a Zaragoza me arruiné enseguida. El paleto de Ávila descubrió, rápidamente, lo que era vivir en una ciudad en la que todo costaba más, de dinero y de tiempo.
El semáforo que necesitabas en verde, siempre estaba en rojo.
Uno de esos primeros días, de esos de calor maño que no hay quien lo resista, me llamaron para ir rápidamente a un hotel en el que Heraldo estaba entrevistando a Marcelino García Toral. Había que estar en 15 minutos. Fui corriendo. Error. Llegué sudoroso, con la camiseta demostrando lo que era evidente, que era Camacho, entrevistando a Marcelino. Mi jefa de entonces me echó una buena bronca por no cuidar la imagen.
Stop & Go titulé por aquí en 2010, resumiendo aquella vorágine que fue el inicio de vida zaragozana. Fue mi Dulce Introducción al Caos. Sin amigos, sin un euro, sin internet en casa… aún viviendo en el arrollador enamoramiento veraniego (ay, alhajita) me dormía por las noches con el discman escuchando el fantástico nuevo disco de Extremoduro.
Un tipo solo, ni un euro en el bolsillo. Pero, de compañero de piso… Robe.
«Buscando mi destino, viviendo en diferido, sin ser, ni oir, ni dar».
Llegó Octubre a Zaragoza y seguía sin un euro. El pequeño rock & roll, que nunca quiso ser de nadie, claramente empezaba a ser de otro.
La vida preparaba una de sus grandes hostias.
Antes de partir, aquel 2008, Extremoduro visitó Ávila. La última vez que vi a J. se quedó a dormir en casa. Disfrutamos todos del concierto como nunca (aún resuenan nuestros gritos en «Golfa»).
El estruendo y el silencio.
Cuando la brújula marcaba ninguna parte, atropellado por la realidad horaria de trabajar en televisión, Arrufat me cogió -pago yo, dijo, siempre tan grande como es- y me llevó de Oktoberfest. Y ahí, la pitufina. Y la gente grande. Y todo el camino empezaba de nuevo.
Me dice que estoy descolori’o
La empiezo a besar
A ver qué me dice después
So Payaso me sabe a espaguetis en casa del colombiano, cuando tres canciones, un calimocho y unas partidas al pro eran vitamina para salir de noche a coleccionar regates, amores y sinfonías segovianas. La carrera fue Ryan y Extremo: love is hell y la vereda de la puerta de atrás. Unos gilipuertas siempre al borde del chupito en el ven-ven. Temblándonos los pies, despacito pero muy mal.
Banda sonora de todos los amores desde que aquello empezó a doler.
Ya en Valladolid, en pleno extasis creativo de 2011, llegó la última gran batalla. Otro Octubre pegando duro.
Otro otoño en la lona.
Paro el coche a orillas de la muralla. La tropa espera, no es fácil ya juntarnos a todos, desperdigados por el mundo. No puedo faltar pero no sé salir del coche. He conducido por pura inercia, por saberme cada curva entre Pucela y Ávila, pero no estoy en mi cuerpo. Illo, en un rato, me preguntará si estoy bien. No, le diré.
Miro al universo y este, naturalmente, pasa de mí. No entiendo qué quiere, qué más necesita para volverme a meter en carril. Por qué, si aquello parecía perfecto, se volvía imposible, metía de nuevo kilómetros entre lo ansiado y lo real.
Madrugando en la radio, solo en el estudio, Material Defectuoso servía de desahogo al desarraigo. Con el ente «marchitando este jardín con su anarquía», y en mala compañía dejándome «a mí, conmigo, a solas»… quedaba Robe.
A mí, como a tantos a los que Robe ha iluminado en los momentos donde más se necesita, nos queda el consuelo de saber que siempre habrá alguien, en alguna parte, poniendo una de sus canciones… y no sintiéndose solo.
Aquel día de Octubre en los que la cabeza era todo oscuridad… no sabía que pronto iba a entender aquello de «si a tu lado no hay reivindicación: la canción de que el tiempo no pasara, donde nunca pasa nada».
El Yang (jodido tema) vestía zapatillas verdes.
Al levantar hoy la persiana, era de noche aún.
Y llovía.