Creo que fue por aquel verano de 2009, después del café con Carla, cuando dejé de soñar con música. ¿Cómo sería una vida si nunca tuviéramos sueños, si para el cuerpo no fuese necesario irse a la cama? Me lo he cuestionado mil noches en las que he maldecido que se me cerraran los ojos mientras la vida me reclamaba mucha más madrugada.

Cuando la compañía de los claxon no era suficiente, me subía a la azotea. Dejaba hacer a esas horas en las que nadie espera a nadie. Subir, pensar en la nada y que el aire me diera en el mentón.

Ahí arriba se respiran verdades o se comienza a olfatear su rastro. De pronto, estaba fotografiando escenas en mi cabeza y eran paisajes de azoteas. Esas instantáneas grises que surgen cuando uno está sólo en casa y ni el sofá reclama tu compañía. ¿Qué sería de Layla por Londres esos primeros días de verano? Apenas había sabido de ella en algún mensaje corto.

Entregado a una cerveza, y a la pausa de las certezas que buscan su sitio entre el eco diario, me sentía como en los buenos tiempos en los que desafiaba al destino prometiéndole pelea por una capitana de zarpar rumboso. Y me acordé de mis mejores momentos con ella, de cómo me gustaba penetrar sus entrañas con versos, al igual que Layla lo hacía conmigo con sus ventoleras y dagas en forma de palabras. Del placer de regalarle historias a las que poner versos de Chinato porque te lo pide el propio escalofrío que sientes interno. Y que caiga droga del cielo, “puro veneno, que haga del mundo un lugar más ameno”.

No siempre la solución es irse a otra ciudad, pensaba en la azotea. Lo sigo pensando ahora. Iniciar un reseteo puede que no solucione tu pantallazo azul; el error interno queda latente. Pero el hecho cierto era que se había ido, dejando lo nuestro en estado de jet-lag. Fuera de horarios, fuera de rutinas, buscando el último mensaje de “ojalá estuvieses por aquí”, pero perdiendo naturalidad y frescura a cada intercambio de noticias, que cada vez se irían haciendo menos habituales.

¿Me atrevería a empezar de cero yo también? Si me hubiera marchado con ella… ¿qué podría haber hecho con las caras nuevas, después de todo lo que ya había aprendido de las viejas? ¿En quién podría convertirme si intentara no caer en los viejos errores?

El problema lo tenemos siempre dentro. Poner kilómetros de por medio con la realidad no es rendir las dudas ni aplacarlas. Un reinicio es bueno siempre que no te quedes velado.

No, siempre habría un nuevo traspié en el que caer. Y, antes o después, surgirían de nuevo las eternas preguntas… ¿Soy feliz? ¿Puedo cambiarlo?

Y, a pesar de todo, si algo he aprendido desde entonces es que las verdades no tienen prisa, ni anuncian su aparición. Un día, de repente, están ahí y brotan a borbotones haciendo que nada vuelva a ser lo mismo.

Dándole un giro de tuerca a John Cusack… ¿estaba insatisfecho de verdad, o me sentía insatisfecho por querer estar insatisfecho, porque la sociedad no es rosa y verla así siempre fue de necios?

[sigue en XI. Danza]