Con el tiempo te das cuenta de que los amigos de verdad, los que cuando estabas de vuelta y media ya pensabas que eran los de verdad, la mayor parte también son mentira. Lo compruebas cuando el camino va más avanzado, cuando se abren las distancias, cuando con el tiempo los trayectos -y eso siempre es así y es inevitable- fuerzan las costuras.

Aparecen las maneras y componendas; y con ello las soledades. No hay preguntas y sí aparecen mil silencios por comodidad y por falta de compromiso. De ti hacia ellos y de ellos hacia ti, que aquí no hay inocentes. Tú tampoco eres ya un gran amigo en lugares donde alguna vez pensaste que llevabas la medalla de oro. Y más ahora, que las redes sociales nos acercan, pero nos alejan… y que hablamos de muchas cosas, pero no del corazón o de lo que importa.

Me he venido al bar del barrio, donde la cuadrilla de siempre vigila la puerta. Ahora, con los cigarros prohibidos en los locales, son habituales esa panda de fieles que ejercen de falsos porteros y hasta a veces de tapón. Porque les ves tan unidos (el círculo siempre con cada uno en la misma posición) que no te atreves a entrar por no quebrarles el espacio. El bar es suyo y suya la unidad.

Seguro que al dueño sí le importa que no entres. O, bueno, tal vez no. En algunos sitios de Castilla -la Vieja y la Nueva- prefieren que te quedes fuera a que dejes un triste euro. Hay camareros y camareras que también añoran paz desde su soledad en las barras y no quieren miradas en su periódico o que haya vigilancia visual a su retaguardia cuando te dan la espalda.

Cuatro años atrás, en la primavera de 2009, con Layla todavía en España, me había citado en este mismo bar con una vieja amiga suya que, sin embargo, vivía en mi ciudad. Carla -fumadora impaciente- sufría el tener un novio hijo de puta, un maltratador psicológico de época. Un tontolnabo, si se me perdona la rotundidad.

Ese cabrón era un fantástico actor. Le tengo en mil instantáneas: sonriente, con el brazo echado a la novia o con los amigotes. Protagonista en boda ajena o en cualquier acto social.

Es reconocible en cada entorno por ser el que reenvía a los colegas todos los chistes del mundo por el dichoso guasap. De cara a la galería se vende como el más guay, pero dentro de casa paga sus frustraciones cuando ya no hay focos. Con un desprecio y un daño a su pareja que ya no es físico, porque él no deja marcas al exterior; él quiere vender la imagen de un triunfador. Su desprecio siempre es emocional. Es como tener la crisis durmiendo a tu lado, pisándote las alas cada día.

Pero un enamorado no acepta consejos. Intenta desdoblarse y aconsejarse desde fuera, pero no sabe.

El bar es uno de esos con diana en el medio, barra a un lado y mesas al otro, con televisión gigante para ver el fútbol a toda pantalla. Pasan los años y no cambia la disposición. Aquel 2009, lo que todavía había era fumadores sin complejos. Y, amarrados al café y a las bocanadas, Carla me contaba aquel entonces que se sentía una mentira, porque mil veces se había negado a sí misma que podía ser feliz de otra manera. Carla reconocía que se sentía mejor ensoñando que peleando y que muchas noches no dormía pensando en dar el portazo final.

Y se daba discursos de valentía para dar el paso, pero al no verlo claro no dormía; y, entonces, volvía a enfundarse el escudo que los demás no veían, pero que ella palpaba sin disimulo para sentirse tranquila dentro de sus límites.

– ¿Y, si no, a quién se lo cuento? ¿Al santero del Valle?

El café y el cigarro -su confesión- fueron un primer tímido paso de reconocimiento de la realidad.

De vuelta al presente, me quedo pensando en si yo también seré mentira dentro de mi historia. Si un día me acabaré cansando tanto de mi interpretación que me acabaré saliendo de dimensión y buscando otro encuadre. Si me habré convertido en una pieza más de la gran farsa. ¿Y si mi Matrix se ha configurado en una escala de grises y de aburrimiento? ¿Y si todos irremediablemente cayeron porque la soledad da demasiadas preguntas y la mala compañía no buenas respuestas?

Eso por no hablar de los bares que dejan sequedad de boca, un boquete en el bolsillo y euros perdidos en cócteles que estuvieron de más. Salgo del lugar y allí sigue la cuadrilla de la tabla de Mahous redonda con su trofeo a la cerveza feliz.  Seguro que la moto de fuera es de uno de ellos, ahí aparcada ocupando media acera con descaro.

En la esquina está el quinqui, el que da demasiado efusivamente la mano, sobre todo si antes le acercan un billete. Vigila la moto, la esquina, el portal. A la izquierda y a la derecha. Será como Zapatero, un observador de nubes.

Universitarios ríen despreocupados sin darse cuenta de que -pronto lo harán cuando la graduación asome en el horizonte- la vida real les espera con un muro. No habría que enseñarles innovación de pequeños, como apuntan algunos, sino estudiar la Constitución y los Estatutos de Autonomía y cómo afiliarse a un partido y hacerse funcionario y sonreír al ver pasar los desfalcos.

Llego a casa y el sofá me da vueltas, mientras recuerdo aquel café con Carla. El tejado se me cae encima y la música sobra. Sólo me queda el tranquilizador sonido de la autopista, los camiones, el primer polen de la primavera tardía y algún claxon. Me quedo dormido en el sofá, criando una pelotilla gigante… en un ombligo que, para qué engañarnos, cada vez se ve más generoso.

[sigue en IX. Ella]