No sabía si me había dejado el termostato sin poner o si ese aferrarme a la almohada tenía que ver con las pocas ganas de enfrentarme a lo que existía fuera. Sin ella al lado, cada vez que me levantaba sentía cómo la soledad aterrizaba para hacerme compañía. Me refugiaba en las fotos y en la escucha lenta de esas canciones a flor de piel que cuando estás ya enamorado y asentado -no digamos ya compartiendo cama y  piso- acaban perdiendo su significado.

Con las mujeres, cuando todo va bien, la música te la da la rutina: salir por ahí, agarrar la cintura que es ya tuya y acariciar cada instante como interminable.

Sin embargo, la música de tiempos de soledad es como un vampiro: se te cuela en los anhelos y en la imaginación. Oyes canciones y vas cogiendo frío, encogiéndote debajo de la cama, sintiendo crecer la sensación de que acabarás perdiendo.

“Abandonad toda esperanza” se fue convirtiendo, a partir de 2009, en un viaje iniciático a hacer en vida. Fue por entonces el inicio de la crisis del sistema y de la falta de alternativas plausibles al mismo. Desde entonces, los años comenzaron a arrastrarse y a arrastrarnos con ellos. Yo le echaba la culpa a Telecinco por todo lo que fue conllevando: la sociedad del Sálvame, Belén Esteban como fuerza política, la maquinaria de la bilis. Esos periodistas deportivos, tras la Eurocopa del gol de Torres, convertidos en telepredicadores. Tomás Roncero como líder de masas, borregos mandando sms a su televisor con decenas de faltas de ortografía.

“Esto es España” ?diría un año después el ínclito Tomás? “donde no somos Premios Nobel. Somos la garra, la furia, el toro”. Arsa y olé.

En el caso de Layla, la vida le había ido dejando su sello: en su casa apenas sobrevivían con tres rentas. Con el sueldo del padre habían tirado siempre hasta que en su trabajo le consideraron prescindible. Jubilación anticipada o ERE, a elegir. No era país para cincuentones, claro. Hubo que rehacer cuentas, darle vueltas a la hipoteca, cuidar del abuelo, mirar con desesperanza a los hijos.

El hermano de Layla, un veinteañero hiphopero, espabiló enseguida. De técnico pasó a tener un máster, pero eso tampoco le valía para gran cosa. Tendría que irse a alguna otra parte para que lo aprendido le sirviera de algo.

Se fue acabando aquello de hacer planes a medio y largo plazo. La tercera guerra mundial resultó ser contra los ciudadanos: la guerra-apisonadora. Desde entonces y hasta ahora nos han ido convirtiendo en individuos planos, apagándonos la luz hasta convertirnos en seres grises y sin convicciones.

Ya lo decía la viñeta…

  • Soy el genio de la lámpara y te concedo tres deseos…
  • Pues sólo tengo uno, quedarme como estoy.

Y entonces el genio, con cara de tener un martes y 13, le pregunta a la alfombra de Aladdin:

– Pero… ¿qué les han hecho?

La crisis, si la miramos con perspectiva, nos ha ido dejando desnudos. Gancho a gancho nos fue arrinconando sin que supiésemos como levantarnos, o si sería mejor ni levantarnos siquiera, sabedores de que recibiríamos otra. Nos han ido llevando a la resignación; y la resignación a dejar de ser como éramos.

Comprendí entonces que lo haría, que se atrevería.  Que se marcharía, más pronto que tarde, al Londres de su postal.

Predecir que se iría… y sentir todo frío.

[sigue en VIII. Café]