La siguiente vez fue ella la que devolvió visita. Era ya otoño tardío, tiempo por tanto proclive al abrazo para intercambiar calor. Enseguida se nos hizo de noche jugando a enamorarnos. Cruzamos los jardines del Paseo de Merchán convertidos en un dos-en-uno, entre bromas, con la mano bajando del cuello hacia zonas más juguetonas. Dejando hacer, dejando hacerse, caminando cada vez más despacio. Huyendo de las farolas, buscando las sombras, escuchando a perros quejarse de la ausencia de una luz que ya no les habitaba. Escuchando el eco de tiempos lejanos: “La tómbola toledana premia, la tómbola toledana regala”.

Fuimos tan divinos que no medimos los vinos; ni sus efectos.

Llegamos al coche y caí poseído por alguien que no era yo. Antes era así, que de vez en cuando el tímido dejaba hacer al que no se asusta. Entramos dentro, la besé de nuevo y nos adentramos también en otros límites. Pusimos de fondo Green Day y estuvimos kilómetros hablando de planes. Planes de futuro que ella tenía y que para mí sonaban lejanos. Mis renqueantes ideas no iban más allá de seguir tachando anocheceres de forma mecánica.

Se iba a ir de viaje. Toledo era solamente un buen lugar de paso antes de ir hacia Madrid.

Nos alojamos en un hotel no demasiado lejos de Barajas. Hice de espía: iba aprendiendo a investigar sus manías, meter la mirada en sus más recónditos lugares y rituales. Me volvía loco sobre todo con los detalles donde no solía dejar que le metieran el zoom.

Hacía algo muy gracioso con el segundo cajón. Lo dejaba siempre un poquito salido para que no encajara del todo con los otros dos. Era su sello distintivo. Lo nuestro no gozó de muchas noches, pero recuerdo cada detalle… cómo se quejaba de que no parara de perseguirla con la mirada, atendiendo a cada peculiaridad, intentando imaginar qué pasaba por su cabeza para hacer esto o aquello. Cuando las cosas son tan reales, unas pocas noches marcan más que toda una vida.

Parece inconcebible pensar que no fuésemos un cuerpo prolongación del otro. Que un miembro pudiera fallarle a uno, hubiera un mal accidente, un atropello y el otro pudiera seguir adelante sin otra consecuencia. O lo que es peor, o me parecía irreal: que dos cuerpos concebidos para encajarse pudieran acabar separados.

Nunca he sabido entender por qué cuando los neutrones quieren compartir núcleo, es de repente el propio universo el que coloca agujeros negros, electrones enemigos, materia oscura. O directamente nada. Inmensa y absurda nada.

Brindo ahora por las dudas y los caminos insurrectos. Aquel día, cuando vi salir su avión, me empecé a preguntar si yo tenía las cosas tan claras. Si podría seguir a Layla en sus planes. Si su determinación no acabaría chocando con mi cobardía.

[sigue en VII. Frío]