¿A que es bonito el Big Ben? Pues yo estuve allí. Lo vi de día y sin nube alguna, pero sigue siendo igual de bonito que en la fotografía. ¿Sabías que el Big Ben no es el reloj, sino la campana que lleva dentro? Y Londres no es sólo eso, sino mil cosas más. Esta postal la compré allí, lo que significa que, al menos, hubo un momento en ese fantástico día en el que me acordé de ti.

     PD: Espero, Mulder, que por una vez —y siendo una postal— hayas empezado a leer por el principio…

Layla “Scully”

Lo nuestro aún era un Expediente X para los ojos más cercanos. El amor en la distancia es ciertamente una putada no siempre fácil de explicar para los oídos que nunca quieren entender. No queríamos ser tachados de locos por el FBI de los amigos y la familia, así que nos escribíamos desde lo clandestino.

Lejos de esos focos nos llamábamos —y hasta nos cantábamos— vía Skype. Layla, además, era tan rara como su nombre, aunque a la vez una chica seria y enfadica. Vamos, que lo de imaginarnos persiguiendo espectros por Boston, Massachussets, nos hacía gracia: el tontico extravagante Mulder y la doctora Scully, agentes de supervivencia a domicilio.

No me hagas listas para que me baje canciones del Emule” —me insistía— “quiero que vengas y me traigas un CD para el coche, como es debido”.

Pero los domingos las mezclas me salían extrañas, con ganas de saltar por la ventana y a la vez temiendo golpear el suelo. No sólo era la distancia la que se interponía entre nosotros. Eso era un problema, pero no el principal. Lo insalvable era no tener dinero ni imaginar cómo generarlo, no saber ni poner copas. Tener una cuenta demasiado corriente y pocas ganas de salir. Además, me aplastaba la sensación de acumular días y estar subsistiendo mientras apostaba por una vida imposible, con ganas de estar allí con ella, cuatrocientos o quinientos kilómetros al sur de la razón.

La nuestra no era una historia de americanos, de Edward Cullen protegiendo a Bella, o la de un macarra de instituto que se liga a la animadora. Era una historia de aquí, de pasar muchas noches solos, escuchando una canción y preguntándose por qué la gente elige tan mal y la chica de turno prefiere al vampiro y al musculitos. Y nosotros,  mientras, abandonados por el destino en la búsqueda de lo real, perdidos en el tiempo.

Para volver a vernos había que entramparse, ahorrar para gasolina, cambiar la banda sonora. Y entonces, a todo trapo y con la música a tope —como era debido— recordar que el rocknroll se inventó para conducir. Carretera y manta, verano, pelos largos y el placer de perderse. Me fui a por ella.

El mío era un Fiat Punto azul, repleto de pegatinas de ITV y todavía con casete. El aire… a-condicionado-a abrir la ventana. Y, sin embargo, era funcional; gastaba poca gasolina y era perfecto para darle una oportunidad a la locura. La calorina la podría soportar —me autoconvencía— que para algo tenía todavía veinticinco tacos.

Dulce lucidez la de mi pandemonio mental.

Eran días en los que, a pesar de todo, me sobrevivía dentro cierto optimismo. La crisis empezaba a taponar el túnel, pero aún dejaba ver alguna ilusión. Me gustaba pensar que aunque el ser humano es un pintas que no se merece el planeta que tiene, evoluciona a pesar de todo. Damos pasos hacia atrás, pero finalmente acabamos avanzando. Ahora puedo hablar con un tipo de Nueva Zelanda al instante y a eso llamarlo evolución, ¿no?

Tampoco fue mal invento la dirección asistida o el poder aparcar en batería. Layla llegó impuntual, como deberían hacerlo todas las citas deseadas. Yo me concretaba en evitar ser un mar de sudor y de nervios, y que nada más verme quisiera huir de mí.

Me llevó a una ribera del Darro. Y no se piense que fue algo cursi aunque en la historia haya un río y flores. El primer estornudo lo dio ella —eso no se ve en las películas— y yo la besé a impulsos enloquecidos, ganando las miradas reprobatorias de cuantos pasaban por ahí.

Qué iban a entender ellos de necesidades y pieles enrojecidas.

Y qué poco nos importaba todo aquello, tan concentrados como estábamos en besarnos hasta que nos dolieran los labios. Y que mi barba le picara y, sin embargo, ella volviera una y otra vez a buscarme la piel.

Salpicarle de agua y estornudar también juntos, y que nos anocheciera y nos saludaran las luciérnagas.

Se cuenta en Granada la leyenda de un amor imposible entre una princesa nazarí, enamorada de un joven cristiano, que caminaba distraída por el Paseo de los Tristes. Y, de fondo, la Alhambra, siempre insuperable como marco de cualquier historia. Si los demiurgos no nos echan del planeta es por levantar edificios como ése que tantas miradas han inspirado:

“El carácter humano es como una balanza: en un platillo está la mesura, y en el otro la audacia. El mesurado tímido y el audaz indiscreto son balanzas con un brazo, trastos inútiles”.

Era su sentencia favorita. Layla siempre me decía que ojalá pudiera hacerse una ruta de Ganivet. Ir detrás de un guía que te leyera frases de ese particular escritor que advertía de la abulia y que luego acabó como termina cualquier español consciente.

En buena lógica, y después de toda esa charla, nuestra siguiente parada fue el “Pub Ganivet”, con una cerveza Alhambra y una canción de Lori Meyers como compañía. Luciérnagas y mariposas.

Más y más besos como si nos los fueran a robar. Nos amábamos con audacia e insistencia. Que la mandíbula duela es algo que luego las parejas desprecian. Pasan los años juntos y dejan de besarse como al principio, prevalece la piel sobre esa primera pasión ya extinguida.

¿Envejece el amor o se madura?

Pasamos por su casa de forma meteórica, jugando con el riesgo de poder encontrarnos con caras conocidas. Algo había de revitalización en todo aquello. En un mundo que sólo avecinaba la crisis como algo futuro, y nunca tan destructor, una subida de adrenalina era algo cósmico. Y si no has sentido la vida como cuando todo da vueltas, no la has vivido. De hecho, la ausencia futura de ese remolino, esa tormenta, ese huracán, ese cambio de leucocitos, es lo que te va llevando poco a poco a la contemplación, al sofá. A dormir mucho porque lo de fuera no es mejor.

Hicimos muchas fotos: sonriendo, de resaca, señalando esto o aquello. Le busqué sombras, contraluces, escenas y caras de película. Cuando le llegaron los revelados —me contaba— le entristecía no poder ponerlos por las paredes. No debió de todos modos esconder las fotos muy bien, porque sus amigas acabaron descubriendo el secreto. Sabían que había algo; y todas, o casi todas, pensaron que estaba loca, pero que era una locura envidiable.

Ahora aquello lo añoro, sin ganas siquiera de buscarle sinónimos a peor, con ganas sólo de echarle otro hielo a la botella. Al fin y al cabo, emborracharse es hacerse una selección natural en la cabeza, matar las neuronas débiles.

Su fiebre nunca se me fue.

[sigue en VI. Farola]