Siempre pienso lo mismo cuando veo ese edificio de hormigón: hasta el ladrillo se ha vuelto triste.

La humedad impregnada durante meses hace que parezca que las ventanas lloran. De hecho, no es difícil imaginar que los chorretones de la fachada sean lágrimas realmente. Todo el edificio desprende pesar, un cierto cansancio con semblante lúgubre, casi como un perfecto acompañamiento a la niebla de la mañana.

En lo que se me abre el semáforo me reafirmo en la idea de que el mazacote es como cualquiera de nosotros: un espantajo gris, un ser no vivo arrepentido de vivir de espaldas al sol. El feo extrarradio arrastra negrura, tristeza, como queriendo escapar a carreteras secundarias esperando mejores primaveras.

El primer cuatrimestre de 2013 ha sido frío y mentiroso; pienso al recibir la luz verde del semáforo. Hasta el tiempo está en recesión y la lluvia, al igual que el goteo de la crisis, parece no tener fin. A un día de sol le siguen siempre tres de aguacero, y si surge un hueco para respirar algo, ese algo es niebla.

Con los años sólo se recordarán los gráficos del paro y los récords históricos de ignominia… es decir, la pantalla de plasma de Mariano y el Rey que cazaba elefantes entre tropiezo y tropiezo. Eso quedará como imagen destacada, pero se habrá olvidado lo más importante: que 2013 resultó un año feo. Feo de vivir y mentiroso para mantener esperanzas.

A falta de burbuja inmobiliaria, se fue creando una burbuja fotográfica. Sí, fotográfica. Porque en España todo se trataba de ver quién la tenía más grande: la reflexión y el postureo. Con los años, nuestra caída colectiva será de órdago. Seremos para siempre los ninis: la generación de los que ni revelan ni son pacientes; los que lo quieren todo rápido y sin los filtros correctos; los que sólo apoyan los artificios y lo inmediato, los que se hacen fotos a sí mismos y lo llaman selfies como si lo cursi aportara decencia, o sentido. Antes nos reíamos de los japoneses por hacerle fotos a cualquier cosa y ahora casi todos nos acabamos abriendo una cuenta en Instagram.

Los españolitos nos dedicamos a viajar principalmente para hacernos los intensos. Recolectamos fotos, comentarios y un sinfín de anécdotas para luego poder contarlo a lo grande, mostrárselo al mundo y pensar que hemos descubierto grandes cosas y que el común mortal admirará nuestra audacia. Sin embargo, por mucho que creamos en la grandeza de lo minúsculo, lo que fundamentalmente somos es mentirosos, hacia nosotros y hacia los demás.

¿Y si todo lo que hemos hecho, la base desde la que nos hemos construido, fuese irreal?

Después de bajarme unas cuantas cañas, tirado en el sofá, casi puedo sentir a cada jugo gástrico haciendo su trabajo de reconstrucción. El último trago va saludando a su paso a glóbulos y leucocitos hasta fundirse con el magma estomacal. Estas cosas con veinte años no me pasaban, pero… ¿he envejecido yo, o lo ha hecho el mundo?

Porque yo, como el edificio lloroso, también me he entristecido. Siento como algo cierto que la crisis nos ha sumado a todos diez años en la buchaca. Vivimos con más preocupaciones, más sensaciones vacías y menos lava en erupción. Hay gente de veinte años con las ilusiones por los suelos.

Cada vez más adoquines y menos gente que ande recta.

Tomo aire en el sofá vacío. Podría tener un gato, me da por pensar. Un minino que me raspara el sofá, hiciese la croqueta y me mirara con carita de polaroid. Tal vez así  lograra que el viento dejase de soplarme melancolías, y podría sacarle soma a cada segundo sin sustancia.

Y otro like en Instagram, que para algo tendría un gato. Ojalá no me diera por pensar y recordar el momento en el que dejé de perseguir baldosas ajenas y me fui cobijando en mi metro cuadrado, convertido en una micra de lo que algún día fui. Escuchando a Extremoduro drogarse un deseo imposible

“Pide un deseo -quiero que caiga una droga del cielo-
Puro veneno -que haga del mundo un lugar más ameno-
Y respirar -que entre bien dentro sólo con respirar-”

Con la música del material defectuoso acabé durmiéndome de nuevo. El sueño iba de administraciones y papeleo; y siempre me faltaba una foto, una dirección o un apunte por rellenar. La cola crecía y crecía detrás de mí, y gracias a esa trampa de mi cerebro la siesta se hizo larga, fundiéndome lo que quedaba de tarde.

Despierto ahora y el sillón me parece una celda. Me acerco al espejo y sonrío, y mantengo la sonrisa hasta salir a la calle de nuevo. A nadie le importa un carajo. A nadie le importo un carajo. Vivimos entre verdades no dichas, tejemos nuestras redes sobre inconsistencias mecánicas.

La vida de la calle parece transcurrir en slow-motion,  y siento crecer en mí un vacío que pronto, lo sé, no sabré esconder.  Éramos, y hoy lo somos más todavía, motas de la gran carcajada cósmica. Actores de apariencias sin ritmo ni elegancia.

[sigue en II. Rombo]