Granada, Verano de 2009

A sus veintipocos, Layla piensa que si Dios existe tiene un sentido del humor muy especial. Le gusta creer —cuando se lo contó a Manuel, su medio novio manchego, él se rió mucho de la ocurrencia— que solo son reales la gente de clase media y baja, y que todos los ricos (como Brad Pitt o la sin sal de Kristen Stewart) no son más que fantasmas, hologramas, carne de trailer. Porque la vida está hecha para que vengan momentos jodidos —bien lo sabe ella— y que, cuando vengan esos momentos de cuesta arriba, la escena se retuerza aún más y se acumulen las desgracias.  Y entonces, una vez que tocas el suelo del que crees que no te puedes levantar, es cuando empiezas a recuperar algo de lo que perdiste. Que ya no será tanto como lo que ganaste, porque siempre te quedará algo de lastre por detrás.

Layla es celiaca. Lo acaba de descubrir antes de irse de veraneo. De repente tiene que mirar si hay gluten hasta en las cervezas, que menos mal que las Ámbar no le fallan. Al irse de vacaciones ha comprobado que ya nada es lo que fue, ni en ella siquiera. La vida ya no es lo que pensaba, no vislumbra que pueda cumplir los objetivos que algún día deseó.

En los años que se suponen de plenitud física de un deportista, ella está con dolores varios. Con su padre hastiado de tanto pelear, un hombre al que han dejado sin fuerza, con su madre volcando su energía en ir al bingo cuando tiene un minuto, para evadirse de lo que ve alrededor, y con una tía viuda convertida en un apéndice de lo que fue.

Layla piensa que lo del karma es una gilipollez y como alguien le venga con Coelhos le mandará a freír espárragos. Al morir su marido, su tía se puso a leer libros de autoayuda para ver la vida de otro color, dejar de castigarse y de estar en contra de todo desde el amanecer hasta el fin de día… pero ese mejunje de ideas edulcoradas no son más que mentiras. Cuando el destino aprieta no suelta la presa aunque le pongas mofletes y conspires mentalmente en su contra.  Layla sí cree que es mejor vivir con una sonrisa, pero piensa que es estúpido negar que llueve si estás debajo de una tormenta. Siete años se fueron desde que entró en la universidad y poco a poco fue descubriendo que la vida no vendría sola, no habría karmas velando por nadie. La vida habría que ir a pelearla.

Piensa en su primo, casado con un hombre que simplemente no le trata bien. Y no aspira a más porque se rindió, y más en un mercado amoroso tan complicado. Su primo vive una felicidad incompleta, como conformarse con la Europa League pudiendo ir a Champions. Quien no arriesga no gana, pero quien arriesga puede perder, así que se conforma con un empate y con criar a su par de cachorros adoptados… y encontrar en ellos el amor que nunca satisface del todo su pareja.

Layla llama a su madre antes de que llegue la noche, esperando encontrarla en casa y no en el bingo. Sabe que para su progenitora tampoco es nada fácil ver a su familia sin rumbo, y por eso le pide perdón por haberle aceptado treinta euros la última vez que pasó por casa… que primero no quiso coger, pero que terminó llevándose al bolsillo.

Fue un triunfo para ella independizarse y salir del hogar, pero la cuesta se le ha ido haciendo inabarcable. Layla no anda sobradamente bien de dinero y por eso acepta esos pequeños regalos: los treinta euros, los tuppers de comida e incluso fruta. Su madre sabe que si a final de mes tiene un poco para gastar se lo pulirá en una caña, una misera caña, que no vale para nada en apariencia, pero que sin tomársela al menos una vez al mes no podría tirar para adelante.

Layla cuelga, piensa en la llamada y se queda triste. Siente el sufrimiento de ver que su madre se considera responsable de un fracaso, porque, en cierto modo, vivir con un trabajo a media jornada lo es. Aunque no sea culpable en absoluto, una madre siempre sentirá que pudo hacer algo más por el futuro de su hija, y por eso ahora le llena la bolsa de fiambre, pechugas, manzanas y yogures.

Se le queda encima una sensación jodida y un silencio tremendo.

Y, aunque pueda parecer estúpido, a menudo Layla no consigue dormir porque se acuerda de aquella vez que de pequeña se empeñaba en que le llevaran al circo.  Quería ir a toda costa a ver los payasos y los leones. Lloró y lloró, y al final unos padres ablandados le acabaron llevando al día siguiente a ver el espectáculo.

Layla está segura de que es posible que esos días ellos no tuvieran lo suficiente para llegar a final de mes, pero sus padres no podían soportar que a su hija le faltara algo. Como ahora. Por eso,  les manda otro guasap diciendo que les quiere mucho.

Sabe, sin embargo, que eso no va a terminar de arreglar su desasosiego. Que aunque les reconforte ver que hay un sentimiento sincero, van a seguir pensando que fallaron en algo. Y eso es lo más injusto que hay, y es algo que no le puede perdonar a este mundo.

Por eso, que alguien crea en un plan cósmico y  que todo pasa por una razón, le parece de un buenismo absurdo. Layla no cree que haya que meterse papelitos en el bolsillo para pedirle favores al azar. Todo eso es mentira: la vida está para darle dentelladas a cada instante que se ponga por delante.

Tal vez, reflexiona, ahora mismo sea ella la que se encuentre en su propio sistema de autoayuda, y eso contradiga lo mismo que está pensando. Pero si hubiera algo ahí arriba, está claro que tiene mucho sentido del humor o que los humanos cayeron del lado de los ángeles caídos, los reptiles de mal agüero.

O puede que el autoengaño sea pensar que la vida es un juego, y que todo lo que pasa es para que reacciones mientras te dedicas a estar esperando a que llegue una bocanada de suerte. Suerte que, claro, no llega. Tal vez lo que hay que hacer —reflexiona Layla— es dar ese paso adelante. Así se anima: hay que arriesgar, aunque sea más probable acabar en un McDonald que el hecho de que todo salga bien. Y tal vez eso, de nuevo, sea un autoengaño.

No ve otra salida.

Se lo debe a sus padres y a los que pelearon por ella para algo más que ser cajera de supermercado. Tiene que hacerlo, tiene que irse.  Teme, eso sí, que a él le resulte demasiado precipitado dejar de un día para otro la agencia —y Toledo— para marcharse con ella.

Si Manu no se atreve a seguirla —concluye— no le podrá esperar.

[sigue en X. Azotea]