Aproximadamente al cumplir los veinticinco, allá por 2008, me dio por soñar con música. Cada noche me sucedían cosas delirantes, pero siempre bien acompañadas de su correspondiente banda sonora. A veces, simplemente me montaba mi propio technicolor con una sucesión de notas sacadas de ninguna parte, pero que acompañaban bien. Qué carajo, eran perfectas. Será que en otra vida fui músico o será que debería ponerme a estudiar música y desarrollar un talento oculto.

Nunca lo sabré. Ojalá supiera levantarme y pasar a notas lo que escuché, si es que de verdad distinguiera qué nota suena a “Fa” y cual a “Mi”. Aún así, todo me quedaba muy Mike Oldfield –The Top of the Morning-, con lo que siempre me ha gustado el británico. Nos hicieron estudiar tangentes e integrales que nunca nos servirán para nada y no nos educaron el oído. Hay que fastidiarse, país de sordos.

En Primavera, porque en los primeros años de Zapatero aún había primaveras, soñaba con música y el piropo se me saltaba de la cadena.

  ¡Hola! ¿Tu nick dice que te vendes?

– A ti sí.

Internet era otra cosa. Ahora todo es una isla de ositos y gatitos, pero por entonces todavía no. La red aún estaba creciendo y conservaba algo de pureza y de energía inicial.

Me propuse generar a toda resolución una bonita comedia optimista. Soñé con conocer a una chica en un viaje de tren, ir los dos a un punto intermedio entre ciudades y dejar que la mística del viaje hiciese el resto.  Acabar con ella en cualquier motel de tercera, sin haberlo reservado antes, dejando todos los detalles por cerrar. Vivir la aventura de aterrizar en territorio ignoto y que surgiese lo que tuviese que surgir.

Antes se podían hacer cosas así. Entrabas en la red a una discusión política, no tan viciada como las de ahora, y acababas conociendo a alguien. O, simplemente, hablabas con cualquiera en un chat por hablar, por no sentirte solo o por conocer a gente de todos los lugares, y tal vez pensar en viajar y dejarte guiar. Así nos conocimos Layla y yo. Así le conté mi sueño y ella resolvió que sí, que habría que echarse a las vías.

Podrá parecer una locura, pero con veinticinco no teníamos nada que perder. Cogimos billetes de oferta, de preferente. No teníamos un duro, pero también eso era parte del juego. Ir de tirados, tener que buscarse los recursos.

Cuando con el tiempo acabé descubriendo sus manías, comprobé que era de las de no soltar el teléfono. No paraba de dar a la tecla con el juego aquel de la serpiente en el que podías pasarte horas en tu Nokia intentando no chocarte con las paredes o contigo mismo. El móvil (un ladrillo de los de la época) era su refugio cuando los silencios se hacían marcianos. Bajaba la vista a la pantalla y le daba al taca-taca sin parar. De vez en cuando sonreía, miraba, demostraba tener la seducción inherente de los mitos, demandando los tiempos que requieren el cortejo de los mismos. Ese toque killer que algunas aprenden desde que dan el primer sorbo al potito.

El tren llegó con retraso a su destino. Ella intentó que nos devolvieran el dinero al llegar, coqueteando con el hombre de la ventanilla. No le hizo mucho caso.

Sonrientes, rendidos a nuestros cuatro duros y con la maleta ya a cuestas, nos fuimos hasta la playa. El nombre de la ciudad no importa, solo importó el Mediterráneo y no acelerar nada. Dejar a la vibración acercarse, fluir; enredarse y enredarnos.

Reímos, bailamos, hablamos. Charlamos sin parar, enroscándonos como serpientes, pero ya sin teclados. El sueño nos llevó hasta un hostal de mala muerte, regentado por una china poco habladora. Una profesional del ver, oír y cobrar, sin preguntar.

Avisé a Layla de que me dormiría al instante y debí roncar, según parece. Sí, roncar es la música real que generó dormido y no esa que imagino en  mis sueños.

Cuando me desperté, ella estaba en su lado de la cama, milagrosamente dormida a pesar de mi celestial concierto. Seguía vestida con lo mismo que nos acostamos, en sueño profundo. El sol ya empezaba a encontrar su hueco a través del morse de la persiana, brindando la luz justa para mi perverso plan. Le dí un almohadazo y protestó. Regresé a mi rincón, me tapé con las sábanas. En un instante la tenía encima, devolviéndome el ataque con ferocidad vikinga. Las risas quebraron la última trinchera. Estábamos abrazados, cansados de la batalla de almohadas y dispuestos para la guerra pendiente. Sin preguntas, sin demandas, sin explicaciones: la necesidad carnal hizo el resto.

Horas después, de vuelta a casa, me quedé durante horas mirando la luna. Selene exhibía figura y sonrisa de monalisa, esa que no sabes si ríe, duerme o si se queda despierta para mofarse de tu estado menguante y de tu soledad entre mantas y sábanas arrugadas.

No podía dormir, así que escribí una carta al son de Eric Clapton, pensando en si tal vez hubiera un beatle cerca de ella al que tendría que arrebatarle la chica a golpe de guitarrazos.

Layla era mía y mis letras tendrían que caerle como cantos rodados.

[sigue en IV. Layla]