Llega un momento en el que ya no cambiamos. De pequeño cada uno mira la vida desde su inquietud y su entorno, y empieza a configurarse. En la adolescencia ya estás muy maleado, pero sigues siendo permeable a lo que sucede, a lo que te hace equivocar y acertar, a los devenires con los que aprendes o caes definitivamente al lado oscuro. Y, sin embargo, siempre llega el momento en el que te conviertes en lo que eres y serás, y si evolucionas será ya centímetro a centímetro. Es por eso por lo que algunos comunistas con acné de repente hacen “click” y, poco a poco, se descubren enganchados al matinal más conservador de su dial.

Ése fue mi primer gran error: pensar con quince otoños que diez años después lo sabría todo. Eso, lo de los diez años después, también lo pensaría después con dieciocho e, incluso, con veinte. Estaba convencido de que acabaría habiendo una época en la que todo el mundo madura, y que los de veinticinco, en buena lógica, siempre estarían menos verdes que los que llevan la “L” en el coche y en el cuerpo.

Sin embargo, esa idea empezó a cambiar cuando fui a la boda de mi prima la mayor, la que siempre protagonizaba cada primer escándalo en las cenas familiares. “Prima Marta” fue la que tuvo el primer novio, la que llegó a casa con una rotunda borrachera de estreno, la protagonista de un primer polvo inconsciente, la que sufrió —y produjo— los primeros cuernos. Y, finalmente y con lo que llegamos al punto, la primera en escuchar el “Ave María” desde el vestido blanco, los anillos y la pureza angelical.

Fue en la ceremonia, y en la post-ceremonia, y en el copeteo, y en el-salimos-fuera-a-echar-un-cigarrito, cuando hablé con sus amigas, dedicadas a bacinear. Impregnadas, como iban la mayoría, de unos cuantos litros de alcohol.

“Es fascinante arrimarse a la locura…” —nos guitarreaba Fito— “oír canciones, esa es la mejor cultura”.

Chillábamos la canción, se acercaban los cuerpos y las tentaciones se volvían más palpables. Mi intención era encamarme con una de ellas a la que veía madura, experimentada. No lo era tanto, pero a mis pocos años haberlo logrado me habría supuesto un cum laude. Para ella su tentación era yo, un mozo entonces de veinte años recién estrenados, aún inexperto y con mística de prohibido, por afinidad con la novia. Un yogurín sin tableta, pero también sin grasa. Lo nuestro era una contienda de morbo bidireccional.

Ésa es una sensación que ahora experimento, pero al revés. Es así cuando una chica joven, de maneras arriesgadas e incluso a veces petulante, se acerca y me taladra con la mirada. Que ya no sé, bolo de mí, si en mi época también manejaban esos pestañeos con sus superiores… que por lo visto debía ser que sí. La lolita de turno se aproxima y te encadena a sus ojos, que no cualquiera es capaz de resistirse a bajar la mirada y cruzar la línea final.

Ellas tan audaces y tú tan esquilmado.

Lolita insinúa recovecos y tú recuerdas lo mal que saliste de la última emboscada. El “sin embargo” y “ya tal”, la resaca de los “quizá”, la aventura de los “y si”, el placer de jugársela con la vida a una borrachera y que surjan ideas que sabes que están ahí aunque luego queden bloqueadas en los recuerdos del día siguiente.

Volviendo a la noche de bodas, me sentía diestro en el envite. Aquello fue una diablura o tal vez no, pues lo cierto es que al llegar la luz y la sobriedad ya no hubo más mensajes o acercamientos. Los fotones de la mañana ponen arrugas, quitan pasiones y dejan moratones de cordura.

Sin embargo, la bofetada del día no sería carnal, sino mental. Y ésta no llegó de inmediato sino con el poso de los días. Resultaba que con veinticinco se podían cometer los mismos errores que con veinte o con dieciocho. Que la que es insegura puede que siempre lo siga siendo, la ligera no pierda vuelo y el virgen tal vez nunca encuentre sus agallas, mientras el intrépido, por su parte, continúe buscando piedras en las que seguir tropezando.

Y que puede que muchas veces de pequeño pensaras que tus padres no tenían razón… y no siempre la tuvieran. Que la edad, en definitiva, no convierte a nadie en infalible, sólo le hace más resabiado en sus manías y costumbres.

Ahora es peor, porque desde la crisis ya no se tienen los mismos años que antes. Se decía, y se ha quedado como una verdad indiscutible, aquello de que cada vez se madura más tarde, que la gente de veinte años es una inconsciente, no como los de antes cuando tenían esa edad. “No como los de antes”, repiten una y otra vez para asentarlo como algo indubitable, certeza académica.

Pero eso ya ha muerto. Ahora los veinteañeros del siglo XXI descubren pronto los problemas que sus padres sufrieron a los treinta. O tal vez no han heredado los problemas, sino kilotones de desesperanza.

En los nuevos tiempos, todavía no están terminando la carrera universitaria y ya saben que nunca alcanzarán los objetivos que se marcaron. Intuyen que en el mejor de los casos les quedará una larga travesía por delante de trabajar gratis, perder dinero y encima tener que poner buena cara. Adivinan muy pronto que la década de los veinte ya no será de diversión, sino de preocupación, e intuyen que salir de casa será una quimera. No ya porque la vivienda esté cara, sino porque no podrán ni pagarse el alquiler.

Habrá que desmitificar algún día la transición. No la llegada de la democracia, claro, sino el tinglado que se montó después. La condena firmada por entonces a una generación, la de ahora, a cambio del buen vivir y sustento de los que iniciaron este negocio. Ellos pudieron comprarse casa, coche, irse de vacaciones, viajar y tener Seguridad Social. Burbuja ahora explotada (¡pluf!) y que nos devuelve a Mr. Marshall y Berlanga. Pocas veces nos retrataron mejor, señor alcalde.

Que el jueves algún día fue “el nuevo viernes” será un cuento que ni nietos ni sobrinos ya nos creerán. Esos jueves rejuvenedores se salía sin cortapisas, y uno ligaba o se estrellaba. Se buscaban camareras a las que vender penas y escuchar dilemas. Se instruía en el arte de ser sagaz, las miradas bailaban poniendo rombos al encuadre. Nada de eso queda ya. Hasta la propia noche de los viernes ha muerto. Sigue habiendo chorros de dinero, pero están en cuatro manos.

Feo y frío 2013, con una melodía perenne empeñada en no querer abandonar mi cabeza:

¿Envejecí yo… o lo hizo el mundo?

[sigue en III. Vía]