“Crees que les puede importar si estamos vivos o muertos,
que nuestra vida no es de cuento”

“Van a por nosotros”, La Habitación Roja.

 

“Dan ganas de nada, mirando lo que hay:
ayuno y vacas flacas, de Tánger a Bombay.
Crisis en la luna, la Diosa Fortuna debe un año de alquiler”

“Crisis”, Joaquín Sabina.

Toledo, Verano de 2013

Crufj, klamp. Crufj, klamp. Crufj, klamp.

Una batería estruendosa le levanta de golpe del sofá, martilleándole la cabeza. Abre un ojo de sopetón y mira al ruidoso iPad con inquina. No entiende cómo puede ser que una de sus canciones favoritas parezca haberse convertido en un homenaje a la resaca.

Todo le resuena por dentro a otro ritmo, como si el oído hubiese decidido educarse por sí solo durante el último sueño: refinarse de una forma única y particular para socavarle los cimientos y advertirle de que algo no va bien.

La ahora maldita canción —tantas veces escuchada— ha perdido toda su amabilidad. Donde antes percibía emociones y alegorías, sólo distingue ahora una batería de fondo que le atora impertinente, cambiándole por completo el relato.

La tarde es de verano, pero tiene sabor a casi invierno con las velas de su treinta cumpleaños tiradas de cualquier forma sobre la mesa. No se imagina un peor amanecer, aunque sean solo las cinco de la tarde.

Necesita otra botella, o tal vez un Ibuprofeno.

Crufj, klamp. Crufj, klamp.

De repente, toda la música que le ha acompañado en la vida le resulta mentira. Ya no distingue melodías, sólo un tronar insensato. Su tímpano se niega a identificar otra cosa, como cuando una comedia televisiva es tan mala que lo único que ya adviertes es una catarata de risas enlatadas.

Todas las bases parecen ficticias y erróneas, todo lo que ha escuchado hasta entonces le resulta mentira, como si no lo hubiera interpretado bien o ahora descubriera sus trucos.

Una mentira va creciendo entre el reproductor y su cama. Una mentira como el aire frío, presente aunque invisible, perceptible e innegable. Los tradicionales puntos de apoyo no parecen ya de fiar.

Se levanta sobresaltado. En un instante, se siente envejecer más que en el resto de días de su vida. Sale a caminar y camina sin más, descubriendo mil errores allá donde va pisando. Todos los esquemas que ordenaban su cabeza le resultan equivocados.

Y, de pronto,  siente que descodifica lo cotidiano: aquello que siempre estuvo ahí y no había querido ver. Se queda parado en mitad de una calle cualquiera con la música a mil decibelios, intentando silenciar el estruendo de la nada. Y sonríe, pero en varias direcciones… y no todas sanas.

Año frío y mentiroso, el 2013. Culpable —o al menos eso concluye él— de la explosión de todo el magma interno que le había ido creciendo por dentro.

[sigue en I. Magma]