(“¡Qué borrachera, qué grande es el mar! Que no me quieras… ¡Qué barbaridad!” – Jaime Urrutia)

Antes una foto era lo único que tenías. Podían pasar meses sin hablar con ella, sin verla. Ahora los muchachos tienen el Tuenti, el Twitter, el WhatsApp, Line y hasta Badoo. Si tu amor se va de vacaciones sabes dónde ha estado, qué amigos hizo, qué nuevas frases son tendencia en su muro y su corazón. Si ya espías de forma más profesional podrás ver quién es la amiga, el ídolo, su obsesión y su última coletilla.

– Me gustaría ser fea para que no me lo pidierais todos.

Debe ser maravilloso el mundo de la notificación. ¿Arroba o mensaje directo? ¿Añado a su mejor amiga? ¿Me entrometo en la conversación? ¿Cuándo fue la última hora que estuvo en línea? ¿Estará (glups)… pasando de mi?

El temor al “unfollow”. Algún adolescente escribirá ese libro.

– Si no va a pasar nada, al menos seamos amigos.

La reina de la piscina mira al interfecto con condescendencia y sonríe. Geometría del vector, paralela del impacto. Mirada interceptada, desvío del flechazo. Pasan las generaciones, pero hay ciertas frases que nunca pierden actualidad.

– ¿Amigos? Claro, ¿por qué no?

Nuestro derrotado galán adolescente (al que observo desde la toalla sintiéndome identificado) aguanta estoico la mirada mientras sus nerviosas manos arrancan un último hierbajo por detrás. Ella se levanta, reinante, y se marcha con otros dos pretorianos que, a tenor de la frase de inicio, debían habérselo pedido antes. Él da un cabezazo a la hierba y se regala un chapuzón de cuenta nueva. El WhatsApp le abrirá nuevos frentes.

Lo nuestro eran otros tiempos. Servidor se quedaba al comedor del colegio, y nuestra existencia se dividía entre jugar a Pressing Catch, echar un partido de fútbol o incluso de pelota vasca si se terciaba. Ese frontón siempre nos dio muchas alegrías.

Ellas se agolpaban en concilios tenebrosos al otro lado de la cancha de baloncesto. Estoy pensando en Séptimo y Octavo de EGB, territorio del conejo de la suerte y otras simpáticas maniobras para entablar primeros contactos. Ni que decir tiene que a servidor no le tocaba nunca recibir el beso… eso se lo llevaba siempre el macarrilla guay de turno. Siempre tuvieron su público esos liderzuelos y sus adláteres.

Ahora los mocosetes tienen su Tuenti y desde ahí acceso a todas las fotos que las “amigas-de-amiga” tengan a bien subir. Imagino que no serán infrecuentes las poses estudiadas y las maneras hanna-montanescas (evolución siniestra y tempranera del spears-exhibicionismo). Esté en tu ciudad o de vacaciones, ahí encuentras a tu obsesión, disponible siempre. Para verla, escribirle un privado, ponerle una canción o arriesgarte a que te bloquee.

¡Y pensar que servidor pasó tanto y tanto tiempo dando vueltas a una pequeña foto que cabía en la palma de la mano! En fin, puede que los tiempos actuales le pongan más fácil la cosa a los neo-romanticoides (si siguen existiendo), pero nadie me quitará jamás la sensación única que daba el conseguir cada nueva foto, cada nuevo encuentro por la calle. Cuanto más cuesta, más gusta la recompensa.

Todo es un avatar ahora. Las miradas no follan como antes, al menos no desde que a la noche le pusieron filtros de Instagram.

Los amores platónicos yacen on the shore.

[Sigue en 3. El agujero del buzón]

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