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Anastemia de mayo

Quiso esquivarlo todo y el mundo se cayó al suelo y se diluyó en cualquier charco. Él coge un folio, un bolígrafo y un vaso de ron. Es otro escritor incomprendido que no sabe qué hacer con su vida y se refugia en si mismo. En el tabaco, la noche e incluso algún rasgueo de guitarra. Escribe y se escribe y al hacerlo se encuentra. Y se encuentra pensando en que sigue queriendo romper relojes y quemar calendarios para esquivar la soledad y la ausencia. Así que agarra el bolígrafo con fuerza y se dedica al papel. Y lo rasga como haría en un polvo apasionado escribiendo palabras que desgastan los labios y traspasan la piel. Luego cae rendido y destruye lo escrito. Tiene fuego en la mirada y temblor en los dedos. Huele a gasolina, a humo y a algo de alcohol. Viste normal y parece seguro por no aparentar. Es inconformista. Parece de esos que se comen el mundo y no dejan ni las migajas. Pero en el fondo es arte roto y lo demuestra.

it’s a blowout on a birthday cake
and a birthday candle floating on the lake
where are you? it’s getting late...

De esos que prefieren la esclavitud de la libertad. De los que nunca se rinden pero quieren fracasar…

El anatema febril (dos de dos)

(Viene de El anatema febril – uno de dos- )

Aprovechando el encuentro le invité a una copa, le ofrecí alguna raya y a cambio ella me ofreció su cuerpo…que rechacé sin apenas mirarla. Me despedí y me siguió. ¡Tanto se había echado a perder que no tenía ni dónde pasar la noche! Acabó en mi casa pero no la toqué. Le dejé la cama y me largué al sofá. Y vino a mí, desnuda, con las costillas evidentes y el cuerpo tembloroso. Intentó besarme y la aparté, la odié e incluso me dio asco. Empezó a llorar y gritó y me reprochó cosas que jamás había vivido conmigo. Era absurdo intentar hacerle razonar.

De repente, se levantó y desapareció para volver con una pistola en la mano. Pensé que me mataría pero no era eso lo que quería. Me suplicó que fuera yo quién la salvara, que ella no era capaz. El tacto del arma era frío, podría decir que hasta me provocó una erección. Me clavó sus ojos inexpresivos e imploró un último beso. Se le di, como uno más, uno de tantos, tantos como dejaron de importar. No me di cuenta de que aquel beso incluía una promesa oculta, inseparable y completamente terrible.

Bang.

La salvé y yo me condené para siempre. Y ahora que yo tampoco tengo pupilas y que no soy ya ni la sombra de mí mismo… sólo busco a alguien que sea capaz de salvarme a mí.

Pero no hay nadie tan estúpido.

* Por El Principio del Fin.

El anatema febril (uno de dos)

Ejerzo hoy sólo de editor de una escritora castellana (algo mestiza) que me regala relatos de cuando en cuando. Éste me gustó demasiado, lo subiré en dos partes. Dice así…

Ella me gustaba porque era muy puta y me atrevería a decir que algo bisexual. No me importó nunca mientras fuera mi novia o lo más parecido a una que un tipo como yo podría llegar a tener. Follábamos mucho y hablábamos poco hasta que todo cambió. Comenzamos a hablar y el tiempo que no lo hacíamos nos aburríamos como ostras. A veces salíamos juntos y nos emborrachábamos esperando desinhibirnos para en casa deshacer la cama de la pasión. Pero en cambio, discutíamos siempre hasta que nos dormíamos. Y a la mañana siguiente era cualquier día de la semana sin nada de especial.

Tanto tiempo juntos para acabar así. Ella ya no era ella. Quizá no lo fue nunca. Tan sólo un juguete roto usado tanto por mí como por todos aquellos que se la beneficiaron algún día. Y por todas. Algunos minutos trataba de recordar aquellos instantes en los que la había querido de verdad y me jodía darme cuenta de que había demasiados. Tantos como momentos quería olvidarla.

Un día la eché a patadas y no es ninguna metáfora. No fue la primera vez que lo hice pero en esta ocasión no volvió. Algo que debió haber hecho antes de anclarme el daño al pecho permitiendo que me ahogara lentamente. No borraría las cosas que le hice, si algunas que le dije. Algunas veces me gustaría arrancarme su cara de pena cuando volvía drogada y con olor evidente a sexo. Ajeno. Quizás a veces, me gustaría borrarme sus huellas. Y también, borrar mi puño en la pared de enfrente.

Unos meses después me la encontré en la calle. Seguía drogándose, seguía siendo muy puta y evidentemente también seguía siendo bisexual. Todos me decían que se había echado a perder. Yo rezaba para no sentirme culpable por haberla echado a perder. Tenía los labios agrietados, se le habían borrado las pupilas, estaba tan delgada como el papel de fumar con el que se liaba los porros y la nariz le sangraba casi de forma constante como la luna sale cada noche y el sol nace de madrugada…

(continúa aquí)