Pues resulta que manejando llegué a mi punto preferido de la Nacional 110. Subes un altillo y te aparece Ella majestuosa en el horizonte, tan bella que querrías sacar la mano por la ventanilla y cogerla. Todavía no está cerca y la distancia engaña, pero parece que toda la ciudad hubiera sido levantada para adorarla.
Tienes que despertar de la ensoñación para afrontar la siguiente curva. En ese momento siempre recuerdo la revertiana frase que dice “….es un pedazo de catedral gótica de toda la vida, de esas que echas un vistazo y piensas, oye, el ser humano será un cabrón con pintas y todo lo que quieras, colega, pero la verdad es que hizo cosas que justifican su paso –nuestro paso- por la tierra” (pag 41 de 57)
Iba camino de uno de mis reposos mentales preferidos, aprovechar un par de días de asueto para juntarme con gallegos e ir de cañas. Y si es en Segovia, por la Calle de los Bares, mejor que mejor. Marchando un tinto de verano.
Fue una noche interesante, que en su momento no pareció gran cosa pero se va agigantando a medida que va formando parte del cajón de remembranzas. Uno no sabe bien si las sonrisas de las camareras eran cuestión profesional o verdadero agradecimiento, pero ganamos alguna que otra en cada bar que vimos abierto y fuimos cerrando.
Caminando junto a la Dama Catedral, dimos con un rincón en el que había música en directo. Todavía hay plazas así, aunque las persigan más que a rateros de verdad. Magnetizados por los rasgueos del lugar pasaron un par de horas. Una brasileña me dedicó atenciones y un “en otra vida tal vez”. Al lado, el gallego barbado debatía con el dueño si habían sido mejores en la historia los Ramones o los Sex Pistols. Dani se quería ir y el callado….miraba a una guitarra. Lo hizo toda la noche, en silencio. Hablar no habló mucho, pero quedaba poco para que me dejara en completo silencio, callado esta vez yo.
Fue a la mañana siguiente. Discutía con Dani sobre las noticias, si el plano era bueno o mejor sería abrirlo. Si éste o aquella presentaban bien o mal. ¿El ministro no venía de hacer no se qué? El gallego callado sólo intervino una vez para apuntar : “Hay que ver lo que sabéis ,cabrones”. Un orgullillo de superioridad se apoderó de mi por instantes…pero no tardó en ser pisoteado y devuelto a su lugar. La bajada de escalera a la tierra comenzó con una pregunta que me hizo:
- ¿Quieres ver algo en la tele, Rubén?
- No, no, pon lo que quieras
- Prefiero tocar la guitarra si no te importa
- Dale, dale sin problemas.
Estúpido de mi, pensaba que se arrancaría con un sonido torpe. Sabía que tocaba en un grupo heavy pero no sabía con qué calidad o sentimiento. Preparé los tímpanos para lo peor y tumbé mi resaca en el cojín del sillón.
Convertirlo en sílabas quedará injusto pero fue algo así como “Tun tun tu tu tum…”. Al segundo 13, cuando tendría que haber entrado la flauta, yo ya no estaba tumbado. Estaba de pie, con los ojos como platos y mirándole fijamente. Fueron ocho minutos en los que fui incapaz de comprobar si mi boca seguía siendo mia.
Al acabar me miró y dijo divertido “¿Qué?”.
“Mira, yo puedo saberme el nombre de todos los ministros, pero soy incapaz de encadenar tres acordes de esos que has dado”.
Y es que cambiaría todo por poder encerrarme entre dos tabiques y tocar esa canción. Silbar además la flauta si fuera capaz. Y gritar “it makes me wonder” en un sitio con eco. Pero no, sólo me sé el nombre de los malditos ministros. “Tampoco es para tanto”, dijo gallego y honrado.
Se había ganado mi respeto para siempre.




