Cuentan las otras chicas de mi vida (hermana y madre) que en parvulitos ya estaba hecho un golfo de cuidado. Por aquel entonces, pelo a tazón, debía molar bastante. Sacaba a bailar a las chicas en mitad de la clase de dibujo y dibujaba con ellas en las horas de baile. Me encapriché primero de una compañera con rasgos orientales. Llegué a perseguirla hasta un supermercado, para susto de los míos que nunca creyeron capaz de ello a un rapaz que en esas no sabía ni abrocharse las playeras.

Aquella primera obsesión se fue de la ciudad y desde entonces me quedé Just Looking, banda sonora de Stereophonics aunque todavía no hubieran ni sacado ese disco. De aquellos años no perviven muchos recuerdos, pero alguno sí que permanece. Por ejemplo, siento como si fuera ayer la sensación de estar deambulando por el patio buscando a aquella chica oriental. Buscando y rebuscando. Y vuelta a mirar arriba y abajo. Y acabar preguntando a otra chica si era ella. Si era ella y lo que pasaba es que había cambiado de cara. Tremenda decepción.

De la achinada pase a una pelirroja y de la pelirroja a una karateka. Siempre me gusto lo especial. No sabia el sentido de la atracción, pero la búsqueda ya había empezado. La del sentido de un guisante.

A veces la vida parece la maniobra de una gran ecuación cósmica. Por ahí va mi misticismo hoy por hoy. Después de las cuerdas, del ente, del orden cósmico y su retranca… he acabado creyendo en Pitágoras y la sinfonía universal. Si al final somos números entrelazados, somos una ecuación. Que tiene sus variables, sus constantes y sus Desmond Hume que hacen que todo pueda cambiar. Pero números, finalmente, que tienden al orden.

Sentido y destino son mi casualidad preferida. El idioma tiene trampas y guiños, y este truco es mi preferido. Las dos palabras manejan las mismas letras pero puestas en distinto orden. Como si no hubiera orden en el sentido del destino. Como si no hubiera que buscar sentido al destino o como si el destino no entendiera de direcciones o directrices.  Y sin embargo se mueve. Y nos mueve. Y we love this game.

Si Gregor Mendel levantara la cabeza, y me leyera, puede que me diera un guisantazo por citarle. Pero lo haré con orgullo. Me declaro mendeliano y afirmo que en la vida todo se trata de mezclar. Mezclar, probar y anotar.  Formular y reformular hasta encontrar la matemática y la respuesta -¡o no!- a la eterna pregunta que llevamos en los genes:

¿Cual es el sentido -o el destino- de un guisante?

Tal vez el destino -o el sentido- nos ofrezca a veces bazas jugosas que no emplearemos nunca y que si hubieran sido realidad daríamos por hecho que tenían que haber sido así. Es la trampa de la vida. El amor vive de la casualidad y juega con la circunstancia. Entrelaza cuerdas en tu destino y con lo sentido. Le da sentido y te da destino. Siete letras y tanto laberinto en ellas.

El final feliz es mucho más que perdices… pero eso ya es materia de otro libro.

[FIN]