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Enfangados

Será la hora de ponerle letras a los puntos suspensivos, será que siempre me gustó bailar sobre los charcos o tal vez será que no supiste parar de ser encantadora para este botas sin gato. Yo te decía que no me gustaba pensar en el verano porque tus gafas de sol ocultarían esos ojos de color miel. Pero entonces llegó la primavera, se adelantó y tu coche se fue llenando de margaritas.

“Quédate por ahí cuando llegues. Me escapo a mediodía, te cojo y nos vamos un mes al Lago de Sanabria a contar búhos y maullar estrellas. ¡Sueña!”

It’s true I am kind of retarded, but I’m also kind of amazing

“Un metro. Cien centímetros. . (…) A simple vista, un metro es una miseria, una barrera extremádamente fácil de franquear, una distancia minúscula que recorrer, apenas un paso o el esfuerzo similar a arquear el cuerpo para asir con el brazo algo alejado apenas cien centimetros de nosotros. Cualquiera puede lanzar una piedra más allá de un metro, y por fortuna, casi todos somos capaces de ver más allá de un metro de distancia. Un metro, cien centímetros.

Pero cuando la distancía de un metro se abre entre dos personas se convierte en ocasiones en una barrera infraqueable, una fosa abisal de imposible fondo y atrayente oscuridad. A veces, no hay nada tan dificil como romper el último metro. Y en ocasiones es así porque uno de los dos extremos del metro no quiere, o porque ambos no quieren, o porque ambos dudan, o por miedo, o por falta de curiosidad. Mil razones frente a cien centimetros. ”

Nos encontrábamos por cada rincón y empezamos a hablarnos demasiado. Vibrábamos en una armonía similar y el efecto mariposa – exista aquello o no – ejecutaba sinfonía de conspiración. Sonrisas, gestos, bromas…nada demasiado romanticón ni pasteloso, pero lo suficiente para mantenerme en guardia y bajo un estado permanente de nervios. Todavía no era amor sino un cosquilleo interesante. Un hormigueo anhelado y ya casi olvidado. La sentencia estaba firmada: te convertiste sin frenos en la protagonista de todas mis canciones.

Riesgo… de altura

“Llega un momento en que la frontera se estabiliza, se crean líneas sagradas delimitando el metro de nadie, el territorio muerto que separa dos sistemas complejos que avanzan en paralelo. Que avanzan en paralelo, pero que, por misterios físicos, en ocasiones parecen acercarse y tontear con el miedo. A veces, los cien centimetros se reducen a cincuenta, y cuando la colisión parece evidente, el metro se reconstruye cuando una de las fronteras da un paso atrás. En otras ocasiones, la zona de nadie se ensancha, dos metros, quizá tres, y entonces una de las fronteras se obliga a avanzar para recuperar ese metro perdido, buscando de nuevo el avanzar paralelo y rectilíneo. (…) A veces tantea, da un paso atravesando la frontera. Pero no una gran zancada, no, un pasito que le deja a 40 centímetros de la barrera. A veces, las más, el otro cuerpo cede 60 centímetros para devolver la integridad a los cien centímetros mágicos. Otras veces, pocas, accede a mantener la nueva distancia, pero sigue caminando en paralelo. Otras, las menos, decide dar el paso hacia delante que supone romper los cien centímetros, y crear un nuevo espacio de 2 metros cuadrados en los que avanzar ambos, durante un rato, dure más o menos, o durante una vida, dure más, o menos.”

El perfecto cluedo que nunca deja ver el asesino. Con historias entre bambalinas que seguro no me puedo ni imaginar. Sobreviviendo a base de centrocampismo contra tu perfecto catenaccio. Encontrando tu reacción sólo bajo la amenaza de dejar la jugada por imposible. Se abre entonces la puerta un poco pero el remate marcha hacia el anfiteatro sin remedio.

[Y rebañarte bien los huesos
como un gatito feliz
gatito contento... ]

“En ocasiones, un cuerpo rompe la barrera de los cien centímetros y el otro, momentáneamente, decide romper su sagrado límite y cruzarse violentamente con el otro cuerpo para luego volver a separarse y seguir caminando a cien centimetros. En estas ocasiones, es posible que uno de los cuerpos siempre anhele romper la barrera y volver a esos diez centimetros en los que podía oler la piel al otro cuerpo, o a esos 5 centimetros en los que podía vagabundear en sus ojos, o a esas micras en las que podía sentir su piel y sus labios. Quizá nunca ha llegado tan lejos, pero ninguna ley prohibe a los sueños volar más allá de los cien centímetros.”

Desechando mis cervezas y yo con estas pintas. Aturdido y abrumado por la duda de los celos se ve triste en la cantina a un bohemio ya sin fe…

Pero luego resucito de la dulce condena [el optimismo y el pesimismo también es cuestión de micras] y estupefacientemente marcho a recitar que…

“Yo soy un chaval…y tú eres peligrosa. Aquí lo normal es que pasen cosas…”

“Normalmente el que anhela romper la frontera vive carcomido por asaltar la trinchera…pero también tiene miedo de que acabar con los cien centimetros no suponga acercarse sino alejarse para siempre a dos, tres, o cuatro mil centimetros, y a eso no suele estar dispuesto. Y, en muchas ocasiones, esto supone que la frontera permanece estable hasta que de manera invisible los cien centimetros se convierte en ciento uno, luego en ciento dos, y luego en ciento tres. A veces una separación paulatina es el resultado del conformismo de los cien centímetros, aunque en otras ocasiones, tratar de franquear los cien centimetros es precisamente la forma más rapida de alejarse. No es fácil mantener las distancias.”

Será que esta guerra de mañanas requiere de unas buenas batallas sin luz.

Será que no es fácil vivir a un metro, cien centímetros.

[Este texto plagia intertextualiza (con permiso) párrafos de una vieja historia de mi aliado vital Prisciliano. Gracias por la licencia para perpetrar, jefe]

El lugar llamado díselo

Me acababas de dar un beso con sabor a pipa, un sabor al que creo que podría acostumbrarme. Echarlo de menos ya lo hago. Yo estaba tirado a la derecha, un poquito más allá de donde estoy ahora. Tú estabas en el centro del sofá y tenías una preocupación en la cara.

Debió ser porque te estaba acariciando pero lo soltaste sin más: ¿No ibas a ser tú el que me diera respuestas y no nuevas preguntas? Al rato, y esa frase sí que se me quedó a fuego, me preguntaste ¿Y ahora qué? No supe muy bien que decir. No tenía las respuestas.

Han pasado unos días desde entonces y antes de que siga con mi plan de no volverte a escribir tengo que hacerlo. No quiero ignorar que quiero hacerlo. Quiero pensar que tú quieres leerlo.

Verás, ahora sí tengo algunas respuestas. Ya sé que no soy el plan perfecto, tú tampoco lo eres ahora para mi. No es fácil extrañar a alguien que no está aquí, que no está ahora. No es fácil pasar por las terrazas y ver a multitud de parejas tomando café mientras yo me emperro en quererte sin tenerte.

Lo más sensato es no seguir intentándolo. Lo ideal es dejarte ir, buscar otro alguien a quien sentar en esa terraza. Pero entonces me acuerdo de tu mirada a treinta centímetros, de tu beso con sabor a pipa, de tu sudor apoyada en mi pecho, de tu cara avergonzada, de tus mensajes diciéndome que te encanta.

Así que lo siento, fui a por ti, te conseguí y no me arrepiento un pimiento. Todo lo de antes es verdad y estamos locos. Disfrutemos el ahora, disfrutemos el fin de semana, disfrutemos cada instante que tengamos. Y que nos llamen locos y nos envidien si ven que por una vez dos personas no están por estar, que no fingen su felicidad para poder aparentar un cafe delante de la parroquia inquisitorial.

[Atención: Spoilers - West Wing - Ala Oeste 7x21]

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La imposible de olvidar

“Es temprano para el sol pero tarde para hablar, mi amor. Tan tarde que el aliento de la noche parece terminar en palabras, nada más”

- Tienes que abrirte, se nota que escribes cerrado, oscuro.
* He escrito así toda mi vida
- ¿Cómo se llama…ella?
* No voy a hablar de… ella
- ¿Y cómo es?
* Que no te pienso hablar de ella, joder
- Ábrete conmigo, tienes que contar tus cosas y no encerrarte
* Muy bien, pero no voy a hablarte de otra tía cuando estás tirada encima de mí y besándome
- ¿Y escribirás de esto también?
* Sí, con el tiempo, sí

“A estas horas pierdo la memoria y el resto es historia: Camarero, perdí mi dinero jugándome el sueldo con profesionales del juego de azar…”

Tú y yo nunca hemos estado tan cerca de una muy fina línea. Estamos más cerca que nunca de ser todo y tambien estamos más cerca que nunca de ser nada. Mira de que lado quieres dejar caer la moneda.

“Pero no me contestaba, pero no me dijo nada: si no rompió el silencio será que no le hablé con claridad”

“I want the sun if it’s not here soon I might be done. No it won’t be too soon ’til I say: Goodnight moon”

En sus primeros gestos se veían algunas de las poses de las fotos. Sí, demonios, esa era la cara que me llevaba atormentando durante años. Esa era la cara y yo no paraba de decir banalidades.

“Hello, I got something to tell you
But it’s crazy, I got something to show you
So give me just one more chance, one more glance
And I will make of you another believer”

Sí, me has besado. Y tengo noticias para ti…tú me lo has devuelto. Y éste de ahora también.

“Around here, however, we don’t look backwards for very long. We keep moving forward, opening new doors and doing new things, because we’re curious…and curiosity keeps leading us down new paths”

Me volvió a sorprender con un abrazo largo, de esos que sabes que te están dando para quedarse con el momento siempre en la memoria. Susurró un hasta pronto y leyó mis dudas… ¿eso es que no me crees, verdad? Que sí, que ya sí, que nos vemos pronto. Y me dio otro largo, muy largo. Yo no sabía que hacer con mis brazos, espíritu, vida, obra y omisión. Asi que le hice cosquillas.

“Remember, at the end of the day, it’s all about her.”

Si tú me dices ven, lo dejo todo…pero dime ven. Sarcasmos de la vida. En la batalla de las palabras más tú siempre fuiste de las palabras menos. Dejando como herencia la pose que siempre te envidié, la única frase imbatible, la imposible de olvidar: el silencio.

El día de la punzada

Hubo un día en el que el chico que quería ser peatón descubrió que había mejores cosas que querer.

Ella era rubia, muy rubia y con unos ojos que no eran azules porque eran todavía más claros. Llevaba unos credenciales suficientes para enloquecer a cualquier enamorizado pintor de pupitres. No lo hacía porque caminaba por el mundo como si no quisiera llamar la atención y de hecho no fuera y no estuviera. Ella pensaba que merecía estar triste, sola, misteriosa y melancólica. Por no destacar, Raquel hasta tenía un nombre corriente. Tal vez esperaba a un ojo distraído y poco obediente que acabara posando en su melancolía para preguntarle un qué hay de nuevo vieja.

Le debió costar horrores pedirme bailar aquel día. Yo podría haber ganado pero estuve como siempre… lento, cobarde y con el disfraz de yo tampoco lo merezco. Fotos de Mallorca, cada uno en su pared.

El día de la punzada ya no había luz en la Avenida de Portugal. Por un cambio de optativas y por tanto de clase, yo era un quinceañero sin pandilla para salir…pero también por ese cambio (¿ dónde Baz ? Blanco – negro, Yin – yang) me habían pasado a su clase. Cuando se hizo la fiesta del curso yo no fui pero pasé por el lugar desde el coche de mi hermana justo a la hora en la que ya se iban. Y ahí salía ella.

La habría visto mil veces sin prestarle más atención. No es que se hubiera puesto más guapa que otras veces pero simplemente sucedió. Han pasado años para que encontrara una canción que escribiera algo parecido a lo que me atravesó. Aquello no fue una moñada ni había clavelitos. Simplemente era un puñal vertiginoso reclamando su espacio para una primera noche sin dormir, dude

My ocular nerve went, *POP* *ZOOM*
I never observed such a beautiful face
Sweet lady, don’t play me

Nos costó un par de años que los 14F fueran el día de su mensaje. Años y cientoypico kilómetros, la distancia entre Ávila y Madrid y lo que haya desde allí hasta Algete.

Nunca destacó por su salud ni tuvo una infancia perfecta. Era rara de narices y tardé mucho en conocerla. Nuestro primer carrete está lleno de caras de panolí, miedo y desconocimiento. Una feliz falta de experiencia, también de iniciativa.

Se mudó de ciudad sin que nunca termináramos de iniciar nada. Por aquella época todavía se mandaban cartas y yo pasé meses mirando el buzón. Eran épocas de tumbos pero parecía más centrada en su idea de dedicarse al cine. Le chiflaba “El Piano” y pasar la nochevieja en el teatro. Escribía poco, cada vez menos. Se guardaba algún secreto que seguro no era bonito. Seguía pensando que no merecía ser feliz.

Volvió a desaparecer durante meses. Su penúltima carta decía que un día la olvidaría y no sabríamos nunca más el uno del otro. Le prometí que no, que a cabezota no me iba a ganar. Y se hizo el silencio otra vez.

Aunque ya no pudimos comentarlo, seguro que vio Donnie Darko y le gustó.

No es que la olvidará pero tampoco ella ayudó. Yo me enamoré y desenamoré en los tiempos de la universidad. Vivía deprisa y seguía teniendo su teléfono, su dirección. Pasó lo natural y acabé dejando de revisar el buzón cada día.

….

Luego llegaron las redes sociales. El Hi5, el Tuenti, el Facebook. Nos reencontramos con todos los viejos amigos, las caras conocidas, los que nunca te hablaron. Ella aparecería en cualquier instante y en cualquier caso siempre confié en mi instinto de sabueso de la red. Si había dejado alguna huella seguro que la encontraría, sería cuestión de ponerme un día a buscarlo en serio.

Lo he intentado varias veces siguiendo el mismo recorrido circular. Encaja perfectamente en el papel de la persona que jamás se haría miembro de una red social. Siempre le dieron igual los grandes colectivos, era más seguidora de lo pequeño. Una amelie con pocos pitufos. Ya os estaréis imaginando el resultado.. And I find it kind of funny, I find it kind of sad, The dreams in which i’m dying, Are the best I’ve ever had..

Tal vez algún día ella busque su nombre en Google y le aparezca esta página. Ya ves, resulta que era verdad aquello de que era cabezota. Pero sé que tú también y que hay un pero en esta historia: si hubieras buscado al revés ya habrías encontrado este rincón.

No suena el piano ni hay escenas de escarlata. El viento se lleva las historias para que a veces no vuelvan pero siempre viven los cajones que guardan nuestras mejores fotos. Las fotos del quizás, el recuerdo del supongo.

Es hora de irse en El Pilar

Multitud de curiosos se habían agolpado para asistir a un partido que se presumía rocoso. El equipo visitante se presentaba bien alineado y dispuesto a arrojar luz sobre el terreno. Los locales habían encharcado el lugar y montaron sus más altas torres para defender la plaza. Al fondo y de rojo el colegiado de la contienda buscaba su reflejo en la incipiente grieta que se había abierto entre unos y otros. No faltaba tampoco la pelota, una piedra de tan hinchada, que ya esperaba el primer golpeo.

Las nubes iniciaron su procesión hacia el infinito. Se bajaron las últimas persianas. Listos para comenzar.

Y entonces, al fondo, surgió el espontáneo

“Pilar, cariño ¿Qué carajo hace ese cubo saltando al campo desnudo? ”

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Fin de la trilogía: ya no es de día. Ya no es de noche. Es simplemente hora de irse.

* El texto de esta entrada podéis verlo en una exposición de fotografía de Gustavo Serrano en el Hedoné de Ávila. Un embolado en el que me metió Pablo G. y del que podéis conocer más visitando esta página.

** Como ya dije por otro lado…hasta siempre Zaragoza y gracias a todos los que saben por qué doy gracias.

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