Ese año 2005 no sólo jugábamos al trivial, también jugábamos al risk y hasta a veces incluso íbamos a clase. Bromas aparte, ese año destacó sobre todo por los cursos que realizamos con el Ministerio de Defensa. Ahí conocí a Ordax y a otras buenas adquisiciones que pronto volveré a juntar en Madrid.
En una de esas, me encontraba con Deivid en una habitación llena de retratos de alfonsos 13, felipes segundos y demás. El andoba me toca el hombro…
“Mira, Schumacher”
Miré a derecha e izquierda, a izquierda y derecha remiré…
Deivid señala un retrato de Juancar:
“¡¡¡Chu ma ker tad el rey!!!!!”
Esta peripecia es sólo un apunte de las cosas que como os venía diciendoúltimamente he recuperado después de unos días de búsqueda intensiva por la red.
Eran años más impetuosos y viscerales. Me he releído cosas de las que ahora discreparía. Soy menos rígido, más maleado, con más ganas de que todo el tinglado pegara un petardazo. Sin embargo había buenas cosas por ahí. Lo más preciado (sin duda) ha sido reencontrar el archivo de los Premios Trapseia. Procedo a incorporar viejas categorías a los futuros Premios 2010: “Premio Walker Texas Ranger”, “Premio Mundos de Yupi”, “Premio Pesadez”…entre otros. Como el post será largo, el que quiera seguir leyendo que pinche aquí abajo
La llamaba Tereminaitor: Una ametralladora de palabras siempre alegre y sonriendo y siempre de aquí para allá con algún proyecto. Me habían advertido de que era así pero no sabía el huracán que se me venía encima: oírle hablar, contar cosas, reirse…todo eso sin parar. Ella actuaba así, como si fueras un amigo de toda la vida. Pero esa era sólo la segunda vez que nos habíamos juntado.
Para entonces, eso sí, ya habíamos hablado mucho. Horas de charla que acababan a las tantas. Nunca jamás me sentí tan capaz de lograr mi frustrado sueño de enamorar a una deportista. Alguien que me retirara de todos los vicios, me obligara a hacer deporte y me hiciera ir a ver todos sus partidos. De hecho así nos conocimos… entre balones de voleibol, una cámara de fotos y un par de guiños de la baraka.
Ella tenía ideas claras y yo cuatro meses por delante para dejar la universidad. Era un mar de dudas, bastante cretino, dejado al viento a ver qué melodías traía la flauta. Estaba en uno de esos momentos de crisis de final de carrera, sin saber qué hacer ni a dónde ir ni si todo lo estudiado iba a valer para algo. Sólo sabía que si no encontraba trabajo me tendría que ir a Granada y que aceptaría cualquier cosa que no fuera televisión, todo menos eso. Siempre fui un prodigio de profeta.
Pero no la idealicé por el deporte sino por su sonrisa. Decía que la comedia era representar el optimismo y ese espíritu optimista (incansable) me dejaba en fuera de juego. Me hacía cambiar de nick de messenger si no le convencía. Le gustaba acostarse pronto al son de las palmadas. A mi me gustaba gritar que el amor era un infierno…
Mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas,
mientras exista una mujer hermosa, ¡habrá poesía!
..Y mientras haya una sonrisa
que haga que tu nick vuelva
deja sentir esa brisa
y próximo viaje a Huelva
“Nada, que no me sale una rima decente. Lo de gustavoadolfear está difícil, tobillito saleroso”
Le escribía mucho, siempre buscando sus sonrisas de respuesta. Pasó lo inevitable: un día me di cuenta de que ella ya no era sólo la que más tiempo ocupaba en mi cabeza. Había ocupado el recinto.
Febrero de 2005. Engañé a Deivid y su novia para volver al pabellón. No hicimos nada bien. El contramaestre se iba a Cuba y tardó más de lo previsto en hacer la maleta. A mi se me ocurrió buscar un atajo que no lo era tal. Para colmo, me había equivocado de hora y el partido empezaba media hora antes. Total, que llegamos ya en el segundo set. Y no estaba.
“Se habrá lesionado”, me dijo Deivid. Mi mente lo rechazaba, porque de ser así estaría en el pabellón. Mosqueado, extrañado, le mandé un sms. Olía a Murphy por todas partes. Había salido dispuesto a partirme los dientes, confiando en que nada se torciera. Y se torció.
Un tobillo, concretamente. Quedaban cuatro meses, muchas cosas que hacer, muchos horarios imposibles de coincidir. Pasábamos horas chateando en aquella época universitaria de finales de camino. Reconozco ahora que nunca me atreví a ganar, ni supe si podría haberlo hecho.
Eran años de Ryan y Extremo cuando ya dejábamos de ser los canallas habituales. Bajamos del tejado para empezar a reconocer que ni el amor era infierno ni siempre íbamos a salir vivos cuando te juegas el tipo y no eres más que un miserable ratón…
Su risa era en morado, yo moría por su risa. Pero ésta no es una historia triste, sólo era una historia imposible. Ella dejó la península y yo la universidad. Los dos cambiamos de ciudad, de rutinas, de trabajo, de vida. Yo abrí el blog de “Faro” que al releerlo estos días ha hecho que me pusiera a recordar todo ese proceso de salto vital. Los dos íbamos a cambiar y sin haberlo previsto nos fuimos de la mano en el proceso. No sabíamos entonces en qué nos íbamos a convertir. Creo que nos salió bien, voleibolera.
Siempre seguimos hablando, aunque cada vez lo hacíamos un poquito menos. Fue cuatro años después cuando Copenhague nos recuperó.
Se fue no a 1000 sino a 2000 kilómetros. Recuperamos el contacto, las canciones, incluso algún “jeje” de los que hacían época. Seguimos siendo amigos y ninguno olvida que desde el día de la pata chula nos seguimos debiendo ese trivial.
Ya funciona la línea 10 y ya no es en Plaza de Castilla donde creo encontrarme a todo el mundo. Un bocata de atún y una botella de agua en pelea contra mi sudor por subir corriendo en el metro por las escaleras: el panel de Chamartín indicaba que mi tren salía en 10 minutos. Busqué asiento, no lo había. Un vagabundo dormía en cuatro de ellos, acurrucado. Aunque no lo fuera, él era yo. Allí estaba tumbado esperando (imaginé) a que su amor perdido volviera a pasar por Chamartín, por donde todos acabamos pasando antes o después…
No me dirán que no es un inicio prometedor. Es el penúltimo resultado de estas pesquisas que cada día me hacen dormir menos y menos. En algún agregador perdido (o como se diga a esas churreras de textos que hay por ahí diseminadas) estoy encontrando pequeñas partes de algunos textos míos de los que consideraba extinguidos.
Y tengo una mezcla interna… alegría por recuperar esos trazos, rabia por haber sido tan idiota de arrojarlos a las llamas. Creo que necesito unos letras de Ryan…
Todo aquello que escribí lo perdí en un día tonto en el que mi anterior Pc decidió morir justo antes de hacerle una copia de seguridad a los documentos importantes. El día del infame pantallazo azul. El tonto del día previo fui yo que, en un arrebato de enfado y miedo con el mundo, decidí borrar toda huella de lo escrito por mi en el Internet. Como cabezón que soy, fui obstinado y concienzudo. Hice una buena labor de exterminio.
Afortunadamente la red y mi renovada y experimentada testadurez se han propuesto recuperar trocitos del puzzle. Estoy completando un recordatorio de viejos premios perdidos y algún texto (incluso hay un par de ellos completos, breves) de aquellos días.
Como siempre, perdonen mis legañas. Pero a veces uno descubre mucha luz en un pasado que recordaba oscuro.
The fool I am.
Si no hubiera sido tan estúpido en tiempos ahora no sería tan feliz. Por un día de cruce de cables, una época muy mala, un enfado con el mundo…decidí borrar todo rastro de mi antiguo blog. Afortunadamente la red es maravillosa y siempre quedan rastos.
Hoy me puse a buscar a medianoche entre cds antiguos audios de mi época radiofónica. He encontrado algunas chuladas: canción en directo de Marazu, un tema a medias entre Luisäo y Manuel Galán, la entrevista a una fan de Bustamante, una compañera cantando en directo… esa era la idea, recuperar antiguos archivos.
Pero resulta que bicheando aquí y allá he descubierto un buscador de antiguas páginas web. Creedme, estoy temblando. Acabo de encontrar por ejemplo íntegros los Premios Estrapía II Edición. Los daba por irrecuperables. Y otra decena de textos. Hoy no dormiré. Tengo que releer todo, tengo que archivar todo…
Sigo temblando. Mañana no me pregunten por las ojeras.
Antes de que todo cambiara estaba yo tirado en una cama que apuntaba a Sierra Nevada. El menisco se me había vuelto a salir de sitio y ya estaba aburrido de los monótonos ejercicios con las pesas del tobillo. No me apetecía ni moverme demasiado ni el hecho de estar en Granada. Era en definitiva un completo imbécil … y encima cojo.
Creo que desde entonces no he vuelto a ir o si lo hice lo borré de mi mente. Mi familia paterna es toda de allí pero desde hace cuatro años la vida me ha ido alejando más y más de mi mitad andaluza. Para muchos es hasta gracioso que un castellanazo como yo tenga algo más allá de Sierra Morena. Pero haberlo haylo, aunque reniegue de ello tantas veces.
A mi de pequeño me decían que fuera a comprar peros… y resultaron ser manzanas.
Son recuerdos granadinos. Calor, piscina y muchas visitas. Yo tenía la edad del medio, era pequeño para los mayores y mayor para los pequeños. Era el malo de la película en todas las peleas. Un punto incomprendido. Pero aquello tuvo sus cosas. Fue en Granada donde descubrí que antes que periodista, yo tenía vocación de quiosquero. Aquello de trabajar en un sitio que podías leerte todas las revistas (y gratis) me parecía fascinante. Soñaba con meterme en la trastienda horas y horas y no perdonar una línea.
No pudo ser, mi prima siempre nos echaba. No sé si porque yo le trastocaba todo o porque mi padre se empeñaba en discutir de política con todo cliente que entrara. Yo solía salir rabioso de que a mi hermana le dejaran cuidar de la tienda y a mi no. Me parecía una tremenda injusticia. Pero salíamos…y el plan B tampoco estaba nada mal: tapita y paseo hasta el puente en el que se unen el Darro y el Genil. Mirábamos el caudal y siempre en ese punto me contaban la historia de Eugenia de Montijo. Yo me la imaginaba impoluta y versallesca, marchándose de Graná y mirando de reojo, triste, a la unión de esos dos ríos. He buscado y rebuscado cosas sobre aquellos tiempos hasta encontrar a Ganivet, cabreado y protestón como buen español lúcido. Delicioso.
Pero a pesar de todo hay un recuerdo que me asalta cada vez más. Es una fotografía de los años 50, en blanco y negro. Una mujer andaluza con mantilla. Bellísima. Una foto que comandaba un pequeño salón del barrio de La Chana. Era la mujer de mi tío, hermano de mi padre. Me preguntaba cómo había podido conquistar a una mujer de las que quitaban el hipo y conservar su amor después a pesar de todas las dificultades. Mi tío se quedó ciego y ella siguió a su lado hasta el final. Cocinaba estupendamente y siempre iba de aquí para allá. Yo me escondía detrás de la Game Gear y miraba de reojo mientras se contaban historias de Alhama, de La Vega, de Motril. Miraba a mi tía y miraba a la foto. Conservaba algo de aquella belleza. Está claro que la vida no se lo puso fácil.
Yo era mirar a la foto y ponerme a fantasear con salir a la placita y encontrar a una jovencita de acento granaíno (con o sin mantilla) y encima saber conquistarla. Sólo bastaba con que una me mirara para sacarme los colores. Y como sonara la música ahí ya sí que no me sacaba nadie de mi consola y mi muro de hormigón. Para bailar ya estaba mi hermana. Yo sólo miraba y apuntaba mentalmente.
Todo esto ha vuelto a mi cabeza después de que hiciera una llamada y se me removieran ciertos nervios. El fantasma negro del cáncer ha vuelto a visitarnos por la Alhambra. Pero esta vez te detectamos a tiempo, jodido cabroncete, no te vas a llevar a nadie.
Yo la próxima vez ya no me quedaré en Almuñecar, atemorizado de mirar a las raíces. Volveré conscientemente hasta el Genil, a mirar al Darro y a alguna andaluza de reojo. Pero que a nadie se le ocurra pedirme que baile unas sevillanas… que la vergüenza no la suelto aunque pase dos veces por Despeñaperros.
“El carácter humano es como una balanza: en un platillo está la mesura, y en el otro la audacia. El mesurado tímido y el audaz indiscreto son balanzas con un brazo, trastos inútiles”
Agitaron el fresnel