(“… mientras uno de los dos lo impida” – Quique González)

Tuvo que ser fuera de sus dominios, pero lo acabamos sabiendo con certeza. Ella me necesitaba, a su modo me quería, pero no se atrevía, no debía. Eso significaba -ya por entonces lo vi claro- que muy probablemente no acabaría habiendo nada. Que sería del 80 de cada 100 yoes que acabarían viendo cómo se vestía de novia en una boda que no fuera la mía.

Puede que nunca hubiera funcionado, pero supe, y a buen seguro ella también, que si yo no era feliz ella tampoco lo sería. Que tendría la espina clavada para siempre. Que ese tipo, ése, nunca le haría más feliz que yo. Desde esa noche, si quedaba alguna duda, también lo supo. Desde esa noche, y aunque pervivieran para siempre las dudas, estuve seguro de que yo le hacía más feliz y de que ella lo sabía. Pero la situación fue la que fue. Los partidos se juegan en el campo.

El grano de arena a grano de arena había hecho montaña. Si para mí hablarnos cada día a cualquier hora me estaba resultando matador, en ella también había hecho mella. Es verdad que era yo el que más jugaba a aparentar que no había nada, que pasaba, que incluso era menos amiga mía que otras tantas. Puede parecer extraño, era una estúpida defensa ante lo inevitable. Hablaba con cualquier otra que estuviera por allí con tal de aparentar normalidad. Acumulando días de nada para la cartuchera que pedía todo. Ella nunca lo aceptaba aunque tuviera más que perder. Siempre le gustaba demostrar que para mí era más que cualquier otra. Cosas de mujer que nunca descifraré, supongo.

Os preguntaréis que hubo de espectacular aquella noche. Nada, pero a la vez todo. No me dijo que me quisiera, no hablamos a medio centímetro de la boca. Nada de eso.

Pero se lo noté en cada canción que sonara de fondo:

“Cuentan que quizás
de tanto hablar entre dientes
cuentan que ya sientes
curiosidad…”

Se me acercaba mucho. Una mano que se apoyaba en el hombro. Frontera solista a punto de ser traspasada. La mirada que se fija más de lo debido. Nada que pueda escribirse y que al leerlo sea un “guau”. Nada, y a la vez todo. A veces se nota. Me había lanzado todas las señales de que si la besaba no se apartaba. Y, sin embargo, claro que se habría apartado. Internábamos casillas que resultaron ser autopistas… había peaje.

Apareció su inspector de aduanas. Nunca me lo llegó a presentar. Al girarse, hasta mi sombra había sido más rápida que Lucky Luke. Silencio administrativo.

“Y por tu sueño viajo sin temblar,
sin más, de viaje sin temblar… “

Pasó lo inevitable: un día me di cuenta de que ella no era ya solo la que más tiempo ocupaba en mi cabeza. Había ocupado el recinto. Muros de hormigón de los que solo ella sabía encontrar la gotera.

Acabamos siendo cuadrículas sin rellenar de un crucigrama incompleto. Lunáticos colgados, un perfecto caso sin resolver. Rockeros sin documentos entrelazados por las carcajadas de las tejedoras de destinos.

Consciente hoy, tragos largos le das. Le doy. Le damos

“Hoy nos vale igual jugar sin red
hoy nos vale igual un juego sin juez
y, por instantes, verte durante y después”

Avería, sin redención.

[Sigue en 10. El lugar llamado díselo]