(“And so it seems… only in dreams” – Weezer)

Mis mejores libros y mis mejores historias han tenido lugar en sueños. En esos mundos he lidiado y conquistado Angélicas de Alquezar a daga abierta. Batallas sin cuartel, acumulando éxitos y fracasos a partes iguales.

Habrá que batirse, imagino; o así lo imaginan la colección de guionistas certeros e indómitos que toman el control de mi cabeza de madrugada. Unos novelistas de ensueño en perfecta alianza con el despertador. Compinches infalibles para poner el The End antes del beso final y de que siempre nos quede París.

Los sueños funcionan así, que uno no sabe muy bien ni el cómo ni el porqué. Apareces en mitad del mundo acompañado por gente que no se ha visto nunca entre sí y no te paras a preguntarte si eso es posible y real.

Las voces ya truenan afuera y un párpado amenaza a inauguración, pero como protagonista de mi historia interminable esquivo la realidad. En esas tramas me comporto como un elastificador de sueños. Ya sé para entonces que nada es real, pero nunca suelto el control de Fantasía. Solo quiero darte un beso antes de despertar, solo uno. Doblo la esquina y corro tanto como jamás hayan logrado mis pies.

Me dejas el paladar con sabor a pipa, un sabor a fumadora al que podría acostumbrarme. Miras desde tus ojos verdes con cara de preocupación. Será porque te estoy acariciando, pero lo sueltas sin más…

¿No ibas a ser tú el que me diera respuestas y no nuevas preguntas?”

Al rato, y esa frase sí que se me queda a fuego, me preguntas “¿Y ahora qué?” No sé bien que decir, no encuentro las respuestas. Vuelvo a acelerar y me escapo. Siempre me dio miedo.

Al abrir los ojos sentí un roce en mi espalda. El cuerpo se acostumbra a ciertas bondades y le gusta repetir, me repetía como interna coartada.

Al otro lado de la almohada no era tu cabeza la que me decía buenos días.

[Sigue en 9. Hay partida]