(“Aún queda mucho camino y quiero que lo hagas conmigo. Saldremos vivos del deshielo, todavía estoy despierto” – Coque Malla)

Me volvió a sorprender con un abrazo largo, de esos que sabes que te lo están dando para quedarse con el momento siempre en la memoria. Musitó un “hasta pronto” y leyó mis dudas…

“¿Eso es que no me crees, verdad? Que sí, que ya sí, que nos vemos pronto”.

Me dio otro abrazo largo, muy largo. Yo no sabía que hacer con mis brazos, espíritu, vida, obra y omisión; así que le hice cosquillas.

Estábamos en la estación, no dejaba aquello de tener su punto alegórico. Las vías, los raíles, los trayectos, los compañeros de vagón y las distancias. Dimos un paseo, hasta que sonó por megafonía la advertencia de que debería ir entrando al tren. Yo no iba a besarla, pero tampoco habría puesto muchos problemas si ella lo hiciera.

Las cartas tenían su mística, pero las redes sociales habían cambiado nuestra relación. Para ella, saber de mí era una tarea sin complicaciones. Nunca le faltaba su dosis de letras, le había escrito siempre demasiado. Más difícil lo tenía yo sabiendo de su vida de guindas a brevas, cuando procedía a un aperturismo parcial. Telón de acero unidireccional.

Todo cambió cuando el señor Internet inventó Facebook. Aquello fue la bendición para el espía cibernético. Cada día sabía de qué se hacía fan, sus gustos más raros, los comentarios de amigas, si daba de comer a su mascotita de Pet Society… yo que sé. Mil semillas de la granja.

Todo ese intercambio de información abrió otro resquicio: el chat. Empezó a convertirse en costumbre, al menos una vez a la semana, charlar hasta las tres o las cuatro de la madrugada. Con nocturnidad y alevosía, con todo lo que ello conlleva de ruptura de burbuja, del metro de distancia derrumbado. Pero aún había que adecuar esa no-distancia a nuestros “yoes” reales. Los sentimientos apuntalados en la red debían superar el contacto real.

“He imaginado mil posibles encuentros solo hasta el punto en el que tu mirada y la mía coinciden conscientes de quien somos”.

Y mientras nada de eso se concretaba intentaba seguir el camino, vagando y vagueando entre la improvisación y confiando en nuevos giros de la baraka del destino.

Eramos los funambulistas de la mentirijilla piadosa, los equilibristas del equilibrio imposible. Mil noches y mil razones para seguir peleando en los días raros. Conocerla, escudriñarla, espiarla, intuirla. Era el juego al que tal vez no debíamos jugar.

Destapamos el tablero del cambio de rutinas y los caminos inciertos. Estampida en Jumanji.

Diferente y distante. Callada, pero también radiante. Era la hora de ponerle letras a los puntos suspensivos.

[Sigue en 8. Solo en sueños]