(“Dime porque estas aquí, qué recuerdo quieres extinguir. Te van a lobotomizar; la enfermera empieza a conspirar“ – Sidonie)

Las reglas cambian, la partida continúa.

Madrugadas después de aquello, me había ganado a pulso cada cruzamiento de cara. Ella me escudriñaba para comprobar si era tonto, simpático, un golfo o todo lo contrario. Le había dejado el escalón de arriba en la discoteca para intentar ganar sus labios y romper el muro, el metro. Esa burbujita que nos acompaña a cada uno y que cuando traspasas es porque hay algo más. Pero no terminaba de hacerlo. Aquel email rebotaba su eco en mi cabeza…

“A veces no hay nada tan difícil como romper el último metro. Mil razones frente a cien centímetros. Llega un momento en el que la frontera se estabiliza, se crean líneas sagradas delimitando el metro de nadie, el territorio muerto que separa dos sistemas complejos que avanzan en paralelo”.

Podríamos llamarlo el muro del fracaso: España volviéndose a casa en cuartos una vez más. Ser un Arizmendi del amor, que un día fuiste seleccionable, pero de eso ya ni te acuerdas.

Digamos que las hay que ejercen un particular catenaccio. Permiten mucho centrocampismo. pero como amenaces un tiro a puerta… catenaccio. Si eso, tiras de lejos y ya se te irá la bola al quinto anfiteatro. Volantazo hacia el fracaso, ok.

* ¿Por qué algunas frases las terminas con puntos suspensivos?

– Si quieres le empiezo a poner letras a tus puntos suspensivos.

Pero a quién vamos a engañar, no, no lo haces.  Le pones el freno de mano a unas manos que no quieren freno. Y, en eso, me equivocaría otra vez. Su mente bailaba, la cabeza se me volvía Sun Tzu. El plan era traer la guerra para poder hacerle el amor. Ella armada con su tanque y yo apuntándola con cuatro flores. A veces inoportunas, pero siempre pertinentes.

Sobreviviendo a base de centrocampismo contra su perfecto catenaccio. Encontrando la posible reacción sólo bajo la amenaza de dejar la jugada por imposible. Con historias entre bambalinas que seguro no me puedo ni imaginar.

– ¿Que qué me pasa? Tú me pasas.

Hay besos que también son portales. Y algunos… mortales.

[Sigue en 7. Funambulistas]

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