(“Pues que de tanto buscarme me he perdido, nunca quise arrastrarte conmigo pero tú te empeñaste y ahora ¿Cómo explicarte?” – Rafa Pons)

Siempre me ha gustado bromear sobre la idea de que nuestras vidas fuesen un canal de éxito en el limbo: “Perdedores TV”.

Ya se sabe que el destino maneja dos formas de volvernos locos: no dándonos nuestros deseos o concediéndolos. Mi teoría es todavía más peregrina:  la vida es un inmenso teatro orquestado por guionistas maquiavélicos que buscan finales enrevesados e historias inconcebibles y para ello formulan y reformulan estratagemas con las que entretener ad æternum a la audiencia de Telelimbo. Puedo dar fe de que a veces se lo curran.

El universo no conspira para nadie, o eso creo casi siempre. La tierra no gira para que encuentres trabajo o el amor de tu vida. Los eventos se suceden, brújula y compás, en un tic-tac sin remedio ni guión establecido.

¿O tal vez sí?

En la batalla entre la lógica y lo irracional del destino nunca me he terminado de convencer del todo. Hay casualidades que parecen causalidades. Misterios de la alquimia chocando entre la aorta y la vena cava.  Excéntricos en órbitas concéntricas.

Así nos pasó. Nos encontrábamos por cada rincón y empezamos a hablarnos demasiado. Vibrábamos en una armonía similar y el efecto mariposa –exista aquello o no– ejecutaba sinfonía de conspiración. De repente, sin haberlo previsto, especial pasó a ser una palabra seria.

Me enamoraron sus mensajes de verano a horas en las que nadie llama ni se acuerda de ti. Intercambiar códigos inscritos en letras de canciones y el siempre implícito”Hey if you’re lonely, I’m open all night”.

La moza tenía toque, demonios.

Una llamada a destiempo, quistes desquistados. Pero lo de los deseos es jodido: a veces el que atiende los recados hace una mala transmisión y el que reparte las cartas para que las juguemos ofrece unas bazas para pensárselo dos veces.

Mucho tenía que caer ese brazo de la foto y nunca cayó del todo. El hombro como penúltima frontera.

Lo cierto es que debería haber un algo entre la universidad y la vida, y no me refiero a un máster. Algo así como un curso especial para saber afrontar los giros y vericuetos del camino.

Éste, ya se irán dando cuenta, no será un libro de Bucay. Amar es guerrear y en la guerra hay sangre, escaramuzas, batallas, pellizcos, estrellas y estrellados. Lo cual no quiere decir que no se pueda mantener cierto estilo… aunque a veces uno se tambalee y despierte abrazado a los portales.

Siempre retorcí el pensamiento de que la chica de mi vida debía estar ya por alguna parte. Viviendo, sonriendo o directamente follando por alguna parte, con otro que no fuera yo. Y, mientras tanto, me pasaba las noches vacilando poses peliculeras. Sin saber que era un tipo de serie B, sin saber que nunca fui muy listo. Oscar al peor actor secundario.

Tiempo después de aquellos mensajes de verano – ya en otro ambiente, con más sueño y menos agua- Sabina me reclamaba espacio en la oreja para hablar de peces de hielo y güisqui on the rocks. Solo me faltaba una última cosa que hacer antes de acabar con todo.

– Ante tu mirada me declaro culpable de todos mis cargos.

* Hay que ver cómo me vacilas siempre…

– Mi último día en la universidad y sigues sin querer darte cuenta de que estoy enamorado de tus huesos.

* Solo tenías que haber cogido mi mano. Pero te daba miedo, siempre te ha dado miedo.

Con alma de crupier, sigues en el juego.

[Sigue en 6. El muro (el metro)]