(“Y ahora estás en mi lista de promesas a olvidar. Todo arde si le aplicas la chispa adecuada” – Héroes del Silencio)

Hubo un día en el que el chico que quería ser peatón descubrió que había mejores cosas que querer.

Ella fue mi primera Verdad con mayúsculas. Aquello no fue una moñada; ni llovía ni había florecitas. Fue simplemente un primer puñal vertiginoso reclamando espacio entre las costillas para forzarme una primera noche sin dormir. El mejor sueño no estaba tras los párpados. Era real. Rubia y mortal.

Más que rubia era casi albina, y con unos ojos que tampoco eran azules porque eran incluso más claros. Sus pupilas eran magnéticas y un día cualquiera me descubrí embobado mirándola. Era diferente, indómita, con un algo difícil de explicar y lleno de profundidad. Poseía credenciales suficientes para enloquecer a cualquier enamoradizo pintor de pupitres. Si no lo hacía era porque caminaba por el mundo como si no quisiese llamar la atención; y de hecho no fuera o no estuviera.

Le debió costar horrores pedirme bailar. Yo podría haber ganado, pero estuve como siempre… lento, cobarde y con el disfraz de yo-tampoco-lo-merezco. Ella tal vez esperaba a un ojo distraído y poco obediente que acabara posándose en su melancolía para preguntarle un “qué hay de nuevo vieja”… pero al final con el tiempo pasó lo natural y acabé dejando de revisar el buzón cada día.

No suena el piano ni hay escenas de escarlata.

El viento se lleva las mejores historias para que a veces no vuelvan, pero siempre perviven los cajones que guardan nuestras mejores fotos. Las fotos del quizás, el recuerdo del supongo.

[sigue en 5. Milongas Keplerianas]