(“Pero hoy no nos queda ilusión y los sueños se pudren. Hoy ya no veo figuras si miro a las nubes” – Platero y tú)

Decía que algo ha cambiado. Se ha perdido algo de mística con esto de Internet. Nosotros nos íbamos en Junio, reuníamos a la clase, compartíamos las direcciones del verano (la casa del pueblo quien la tuviera) y prometíamos escribirnos una carta para ver qué tal iba todo.

“Y no te olvides de la postal desde la playa”.

Y luego estaba ella, el amor de turno. Ibas a un concierto y revisabas cada grupito para ver si estaba por allí. Llamar sería un atrevimiento. Buscabas a sus amigas en el parque, mirabas la cola del cine. ¿Estará en la ciudad? ¿Se habrá cortado el pelo?¿Tendrá algún amigo nuevo? ¿Me dirá “hola” si la veo? Antes de dormir revisabas las fotos de Junio. Lucía guapísima. Eso, y tal vez una carta en el buzón, sería lo que te sujetaría un verano más.

Mi primer amor de verdad (no podía ser de otra forma, y de haberlo sido habría tenido mucha menos gracia) fue un amor “a cartas”.

Ya había Internet, pero todavía no habíamos sucumbido tanto como ahora a sus tentáculos y redes. La misiva podía contener una foto, un dibujo, algún olor. Revisabas la caligrafía, los tachones, qué habría querido decir ahí y allá. Respondías y pasabas las siguientes semanas comprobando el buzón. Mirando al cartero de reojo (Es culpa suya, es culpa suya que no me tira la carta. De ella no, ella ya habrá escrito. Es culpa del cartero que no tiene quién le escriba).

Sigue habiendo grandes emails como también hay estupendos SMS y hasta últimamente fenomenales WhatsAapp, pero no creo que nada le pueda a una carta y a las prisas por volver a tiempo para mirar el buzón.

Ahora cada día los grupos interpretan su función. En los bares se suceden flashes sin sentido. Y es que ya no se liga, se “me gusta”. Modelos de la mentira. La sonrisa-secret sólo posa para la pantalla de un ordenador.

Al salir de clase ya solo hay teclas y una pantalla. Y a nadie le importa de verdad. Ni la verdad .

[Sigue en 4. La punzada]

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