(“¿Cómo quieres que escriba una canción, si a tu lado no hay reivindicación?” – Extremoduro)

La verdad es que tanta frase y tanto insomnio no dieron ninguna pista. Simplemente apareciste. Yo miraba al suelo y por ahí pasaron tus zapatillas verdes. Subí poco a poco, despacio. No voy a negar a estas alturas que me iba gustando lo que veía. Me acerqué con torpeza, como es marca de la casa. Entonces te giraste y pusiste tu mejor cara, esa que dice: “qué carajo miras, idiota”.

La escena me hizo tanta gracia -la total ausencia de romanticismo en la misma- que empecé a querer saber algo más de ti. Y lo que me decían se parecía a lo que sabía que necesitaba. Empezamos a hablar. Tejí mis redes y tú las tuyas. Nos fuimos dejando atrapar hasta que las distancias se anularon por completo.

Nunca lo sospeché. Detective en apuros.

Dice que odia a los gatos porque es igual que ellos: felina, rápida y reacia a las cadenas. Mimosa cuando te lo ganaste o tal vez si remolonea. Tiene mi respeto como nadie lo tuvo nunca y ese es un cemento especial. Cabeza dura, nunca me compra una mentira. Firme, decidida, apasionada y batalladora.

“No pienses que estoy loca”, me dijiste. Me dejaste mudo, callado, mirándote. Cuando pasaste de guiones,  y empezaste a ser lo que nunca había esperado, fue cuando me enamoré de ti. La chica que iba a llenarme todo de huellas era la que me discutía todo. El yang. La destrozamoldes.

Fue suerte, pero no ya casualidad. Sabía lo que quería. Un pellizco constante. La pluma se me secó cuando el camino encontró el recoveco adecuado, cuando acabaron las reivindicaciones, cuando lo mejor del tiempo era que ya no pasara. Y Robe lo sabía… y ya lo había cantado como hizo de fondo en cada capítulo.

El recoveco que no se deja atrapar del todo. El cariño que no se regala con facilidad. La arista que tiene siempre una nueva punta por descubrir. Un conjunto de líneas que no sospechaba que encajaran tan bien con mis huecos. Ni siquiera sabía que hubiera tantos huecos. La respuesta al puzzle, la solución al masterplan, era un rompecabezas aún mejor. Y, sin darme cuenta, me di cuenta de que lo que me faltaba era ella bajo la almohada.

Desde su sencillez es mejor que todas las demás juntas. Rythm and blues, un rockroll si es preciso, mambo y salsa cuando falta ritmo, soul y jazz si la noche lo requiere. Porque las mejores no necesitan la canción, ellas son la canción y su planeta tu jukebox.

Hubo intricados caminos, bifurcaciones sinuosas. Si algo de esto emociono es que os sonaron el sentido de las pisadas. Pero ahora ella lo llena todo. Ahora la casa huele a ella, pero en ese ella también huele a mi. Y ahora sé que quererla es reírse de cualquier libro con flores y epopeyas. Sé que quererla es carcajearse de romanticismos cursis. Sé que quererla -ni más ni menos- es nunca cansarse de rascarle la espalda.

[Finaliza en Epílogo: El sentido de un guisante]

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