(“Yo no te culpo por querer dejarme solo; tal vez te aplauda por decírmelo tan claro” – Lori Meyers)

Lo que quiero decir no debo decirlo y mi vida vive en bucle desde ese pensamiento. Es verdad que murieron los momentos adecuados. Lo que quedara de sintonía acabó perdiendo la frecuencia. Hay impulsos que se sienten (“y punto”, decías) pero los kamikazes enamorados no llevan cinturón de seguridad. No juegan con red, no permiten anclas en su afinidad.

Cielito, he venido a beber y a escribir. A jugarme el cuello a que lo que alguna vez tuvimos ya no renacerá. P del poema y puñal del que ya no rellenaremos las cuadriculas. La curiosidad no fue suficiente para vencer la losa del miedo.

No es una historia elegante, pero tampoco lo fue seguir viajando sin ti y menos aún verte reír en tus destinos. Escudriñando mi ausencia en el brillo de tus ojos. Risas que ahora dejan regusto amargo, risas con sabor a auténtico y añejo. Recuerdos y golpes de los que hemos aprendido. Risas, sí, que tal vez ahora salgan menos.

Las manos del destino pusieron cervezas donde una vez hubo certezas. Quedados ahí, de consuelo en el mundo de los sueños. Cuando en la pantalla del monstruo ni tú matas al monstruo ni el monstruo te mata a ti… a veces hay que probar otros juegos.

¿Quién se acordaría mejor? Espina clavada -thorn in my side- de recuerdo de cuando tu brillo no necesitaba de intérpretes o subtítulos. Nuestro amor podía ser como un viejo reloj que sólo estaba en hora dos veces al día, pero nada sonó nunca como aquello.

Unos brazos se te llevaron y me dejaron por cabeza un bucle de Tarques. un espantájaros perdido en la ciudad, diciendo adiós a una vida imposible. Tal vez siempre, no sólo entonces, lo fuera.

Y que ahora vengan los viejos leucocitos a preguntar como va el tema… pues va diferente. Ecos del trueno. No me vendas un “qué tal” cuando juntos lo supimos todo.

Después de que me gastaras todas las canciones, al verte no sonó nada.

No hay partida y ya da igual. Yo… tiro

[Sigue en 24. Pequeñas victorias]