(“Habrá que declararse incompetente en todas las materias de mercado. Habrá que declararse un inocente o habrá que ser abyecto y desalmado” – Fito Páez)

J, el gigante inmutable, me lo advirtió mil veces:

“Hay algunos tíos que tienen el puerto abierto para entenderlas. No es nuestro caso, no tenemos ese ADSL”.

El detective impuntual siempre encontró las respuestas a destiempo, cuando la infusión de los besos se habían dejado el sabor en el eco, eco, eco. Sonidos perdidos en las no-batallas por cobardía. Perdido como todas las batallas a las que llegó tarde. ¿Es mejor acudir a la refriega o es mejor dejarla volar? Será que sí que existía la tecla mágica, pero nunca la encontró.

¿Y entonces que se supone que podía decir? Si no podía prometer algo mejor, porque no se fiaba de si mismo, ni tampoco podía borrarse de todas las vidas por temor al vacío que sentiría sin ellas.

Como siempre, empezó a desentrañar la maraña cuando ya era tarde; aturdido aún por la mirada que de honda se manifestó enigmática.

Verán. Es difícil tener una cara que no le importa a nadie en una noche de verano junto al mar, cuando el amor gira alrededor sin detenerse en tu parcela.  Quemado por el sol y otro poco por la vida.

Y de repente aquí me veo, en plena guerra del salitre y el ronroneo. Las musas cobrando a precio de desamores y las camareras sirviendo certezas entre sus hielos. Una rubia pisa y pasa mientras Ferreiro canta a los años 80.

Miradas alrededor entrecruzanestocadas tan comprometedoras como entrometidas. Dos morenas me estudian con cara rara mientras no dejo de aporrear el teléfono y aparento no fijarme demasiado en su bronceado de carné.

Mustio, mi amigo acompañante en la batalla, y caballero de la noche -cloc, cloc, cloc-,  se debate entre un amor creciente y temporalmente insondable y otro que agoniza con compases de falta de carburación. Mientras un futuro está tras la esquina, como suele ser norma las piernas ya no le avanzan, su chispa no se enciende, los brazos se cruzan, la voz se apaga. Esas noches en las que un amigo tiene que estar ahí; vigilante por si cae y necesita un apoyo, una conversación de portal y una última cerveza.

También es amistad saber entender los incendios, los fuegos que arden internos, las llamaradas que queman como nieve que no se derrite. La noche madruga y los coches nos son de nuevo aliados, el fútbol excusa, nuestro partido Supercopa, los goles por la escuadra. Al lado del camino, brillantes sobre el mic aunque llueva sobre mojado.

Clavo quita clavo.

Los labios aún nos queman historias de salitre, chupitos y hermanas del mal. En la esquina más perdida de los mapas, sólo un disco marca la ruta: 1999, Conil dejándonos rotos. Si de aquí sale un libro será porque nos prohibimos volver a Castilla. Es de noche en Cabo Roche. Una caravana junto al mar: marejada y salitre; resaca, refugio y silencio para el día en el que rompimos todas las olas.

…sin humo y sin pistas y por tanto sin respuestas, el detective sin fuerzas acudió impuntual a la cita con el caso que nunca desentrañó del todo. Ojos abiertos, desconfiados y el recuerdo del tacto del beso con sabor a pipa. Al final todo empieza y acaba en un viaje y una maleta.

La noche de domingo sirvió su amargo sabor a derrota.

[Sigue en 23. No hay partida]