(“Era la espina dorsal. Tregua y batalla. No la he sabido olvidar, no… nunca se acaba” – Marazu)

Hay mujeres que sabes que te herirán. Rosas erizo que a la hora de sacar sus alfileres lo hacen. Agujas malas que solo saben pinchar, pero igualmente las coges, la embelesas y te dejas embelesar. Aunque cuando uno juegue a ese juego sepa, en el fondo, que el pequeño rocknroll nunca quiere ser de nadie.

Necesitaba otro rol y otro clavo. No fueron unos besos en la basura al estilo “La Fuga” o unos amores de barra de los que bailan solos. Había sido otra cosa muy diferente, un dos-miradas-que-se-resisten-a-separarse. La despedida fue todavía algo más. Soltarla fue complicado. Sí, la vida te lleva por caminos raros.

De repente, la casa olía a un nuevo olor. La foto en la mesilla olía a ella. Hasta las canciones dejaban aroma a ella. Drexler y su ‘me agarraste’ me cortocircuitaban hacia ella. Extremoduro sonaba a su escalera. Entrar en las canciones de Robe debería estar penado.

Tras contaminar cada canción y cada estancia todo seguía oliéndome a que se cansaría de mi. Cualquier día nuestra historia especial acabaría convirtiéndose en un “me encanta hablar contigo”. Y entonces sería su amigo, uno a “no olvidar”. Bullshit, La Fuga cantándote un “hasta nunca” preventivo. Y Rulo también sonando a ti. Malditos tus rulos, benditas mis fugas si tuviera carretera.

“Era muy triste estar en la mili y no tener nadie que te escribiera una carta”

El antiguo soldado me confesó aquello de la mili con un puro en la boca y voz socarrona, feliz de su pequeña fechoría de juventud. Yo pensaba mucho en aquello porque el  muy capullo no dejaba de tener razón en la idea final.

Me explico.

Sin aquella tardía irrupción de la rufiana, los días de tugurios no habría tenido a quién dedicarle el último pensamiento del día y este coronel no habría tenido quién le escribiera. Ahora entiendo lo de asegurarse que había que recibir cartas. El fulano había sido capullo, pero astuto.

Mi historia era distinta, no hubo un cálculo detrás. Seguramente no fue muy inteligente dedicar tantos pensamientos  a una chica genial, pero tan distante en kilómetros y proyectos. Y, sin embargo, Carpe Diem y sus noches. Aquello fue lo más intenso, vibrante y genial en muchos años.

Pasaron los tiempos de ponerse la venda antes de que llegaran posibles heridas. Con esa actitud me habría perdido unos vuelcos de corazón que francamente necesitaba. Quedé ojitaladrado por la mozalbeta, dedicándole el último pensamiento y mensaje del día. Le llamaba desde los conciertos, sueña que sueña y recibía un “idiota” por mensaje. A veces subestimamos la fuerza de sentirse querido. Idiota hubiese sido perderse aquello.

Mi ley innata (sin ser, ni oír ni dar) era dormirme acordándome de su mirada, gritando Carpe Noctem al lunar de su nariz. Toda la casa olía a su piel. Negrita el corazón aún me grita… recordando el último encuentro: una bocina, una cuesta, un beso en la cuesta de la Muralla sabiendo que sería el último. Me agarraste, maldita. Me agarraste tú y tu jodida secret smile.

Ya en otro escenario, y con Marazu sirviendo un tequila, declaramos maldita la profusión y cobardía de las parejas acomodaticias y envenenadas. Aunque las palabras del adiós hicieran daño al ser sinceras, aunque no me gustara pasar a la segunda división de tus pensamientos mientras tú salías en cada una de mis canciones. Aunque tus besos me hubieran condenado no solo a conocerte, sino a contraerte.

Tu dedicatoria en la foto era como un fusilamiento con retardo:

“Un placer coincidir en esta vida”.

[Sigue en 22. El detective impuntual]

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