En Reyes se acabó mi anonimato. Cuatro letras tienen la culpa.

Yo era una de esas personas autistas y felices de su autotrofismo, que diría Jósatres. Al salir a la calle, hasta hace no mucho, mi primera medida era ponerme los cascos y escuchar música hasta el último segundo que fuera posible. Antropofobia y felicidad, qué tiempos aquellos.

Me gustaba vivir fuera de casa porque no me conocía nadie. Holas sin más información a los vecinos, pasear por la calle sin tener que estar pendiente de conocer a nadie porque efectivamente no conocía a nadie, subir por las escaleras para no compartir ascensor. Un abulensazo en el exilio, vaya.

En Pucela también lo tenía más o menos logrado. Quieras que no, cuando te echas novia te empiezas a poner el cartel encima. Ya no es lo mismo… no puedes ir con un calcetín de cada color porque eres “el novio de”, y no es cuestión de dejar mal a la moza. O nada de llevar chancletas en Octubre, placer prohibido.

Pero tener perro acabó con todo esto. Pasear un westie por el barrio es como vivir con una celebrity. Sobre todo si le gusta más que le mimen que a mí unas chuletas de cordero.

¿Quién es mascota de quién?
¿Quién es mascota de quién?

El primer día fue gracioso. Muchachas de entre 5 y 90 años te paraban para acariciar “ay, si es que parece un peluche”. Resultaba que al pequeño invitado le gustaba eso de que le hicieran caso.

Delamorhermosogensanta, qué mimoso es.

Fue por aquellos días cuando me pasaron por Facebook una entrada de un blog, para que me fuera haciendo a la idea de las “26 razones por las que las personas que tienen perros están locas como cabras”

Me reí como si no fuera a cumplir las 26 nunca. Ji Ji. Aquí estamos, medio año después. 26 de 26, Home Run.

El Paquismo

Tu suelo está cubierto de peluches, huesos de juguetes, calcetines mordisqueados y “Dios sabe qué” – Correcto.

Hablas con una voz ridicula el 40% del día – Correcti, digo… correcto.

Las babas se han convertido en una parte más de tu día a día – Slurp.

Tu pareja te ha dicho alguna vez la frase de “lo quieres más que a mí” – ¡Y viceversa!

¿La undécima pa'cuando?
¿La undécima pa’cuando?

Y así una tras otra. Es totalmente cierto. #ParientaSinTwitter cuenta también otra más, y es esa velocidad extra que acabas cogiendo cuando estás cerca de casa y te lo imaginas en la habitación comiéndose la estanteria, la mesa, la almohada o cualquier cosa que se le haya metido en la cabeza que puede ser el sabroso reto del día.

Pero vuelvo al inicio de mi relato…

“Conoces a los perros de tus vecinos mejor que a tus vecinos”

Y es que yo ya no soy ese nadie que pasaba por la calle camino del garaje para ir al trabajo. O ese nadie, al que tal vez alguno acertaba a llamar “Rubén” , que volvía de correr con cara de necesitar una cerveza.

Ahora soy “el dueño de Paco”.

Me giro más a la palabra “Paco” que a mi nombre. Todos los perros del barrio saben de la entrañable cabezonería de mi pequeño mozo. Está el malvado pastor alemán que nos ladra como si fuéramos Belcebú, los dos Shih Tzu que nos dejan jugar entre ellos, los bichones asustadizos, los pérfidos y enfadicas yorkshire… y tenemos que saludarlos a todos. Y ser mimados por todos los dueños y dueñas del planeta Pucela.

Nos saludan en el Burguer King, nos saludan en los restaurantes,  nos saludan en todos y cada uno de los comercios, peluquerías y quioscos en un radio de 700 metros.

El del anonimato me llamaban. Eso por no hablar de los efectos colaterales de Paco en los muebles. O lo mal que se pasa por su efecto “ligue” en jovencitas de buen ver.

¡Ay, cuánto sufrimiento! Bueno, vale ya de actualizar el blog…

Nos tenemos que ir a la calle a molar. Ajoaceite, cachorra.

El Paquismo
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