(Viene de El anatema febril – uno de dos- )
…
Aprovechando el encuentro le invité a una copa, le ofrecí alguna raya y a cambio ella me ofreció su cuerpo…que rechacé sin apenas mirarla. Me despedí y me siguió. ¡Tanto se había echado a perder que no tenía ni dónde pasar la noche! Acabó en mi casa pero no la toqué. Le dejé la cama y me largué al sofá. Y vino a mí, desnuda, con las costillas evidentes y el cuerpo tembloroso. Intentó besarme y la aparté, la odié e incluso me dio asco. Empezó a llorar y gritó y me reprochó cosas que jamás había vivido conmigo. Era absurdo intentar hacerle razonar.
De repente, se levantó y desapareció para volver con una pistola en la mano. Pensé que me mataría pero no era eso lo que quería. Me suplicó que fuera yo quién la salvara, que ella no era capaz. El tacto del arma era frío, podría decir que hasta me provocó una erección. Me clavó sus ojos inexpresivos e imploró un último beso. Se le di, como uno más, uno de tantos, tantos como dejaron de importar. No me di cuenta de que aquel beso incluía una promesa oculta, inseparable y completamente terrible.
Bang.
La salvé y yo me condené para siempre. Y ahora que yo tampoco tengo pupilas y que no soy ya ni la sombra de mí mismo… sólo busco a alguien que sea capaz de salvarme a mí.
Pero no hay nadie tan estúpido.
* Por El Principio del Fin.




¡Qué rápido has sido! jiji