(“Uno sabe lo que hace cuando empieza este viaje, detrás tuyo una y mil veces más” – Ariel Rot)

Me gusta decir a menudo que hay dos tipos de persona: los que hemos visto Californication y los que no. La vida es más que un par de tetas, aunque a primera vista en Hank Moody parezca lo contrario. Si profundizas en su psicología, lo sabes. Lo importante, en Californication y en la vida real, es la mosquetera a la que siempre juras lealtad; y el anclaje a la realidad que te suponen esas personas.

Veíamos demasiado la serie y salíamos demasiado a buscar a Natasha Mc Elhone. Y en esos lugares que acostumbrábamos nunca estaba, claro. Bendita locura la nuestra. Hay meses que vives lo que en años y las alianzas que de ahí surgen se hacen irrompibles, aunque aquellas noches puede que nunca vuelvan.

Las estatuas de la plaza del Pilar estaban a punto de cobrar vida y darnos un garrotazo cualquier vigilia de esas. Queen ponía la banda sonora: Parapam-pam-pam Another one bites the dust. Estábamos cerca de morder el polvo pero eramos audaces y cretinos confiados en que nos sonara la orquesta.

“No es cuestión de no hacer nada y esperar que a suene la flauta -me chivaba el diablillo cada madrugada-, sino de ir a Hamelin, preguntar por el flautista y perseguirle por cada ratonera”.

Aunque solo hubiera una bala en la cartuchera procedí a apuntar directo al corazón. Hasta que la sucesión de disparos le dolieran tanto que sólo se lo pudiera curar yo con abrazos. Vencer finalmente la distancia física marcada inconscientemente: el muro, el metro. Tocar más del medio segundo que me solía conceder, ese roce de palmas o de hombro que tanto le hacía rabiar. Reivindicar un espacio entre sus labios y convertir los abrazos a sus costillas en una caricia a mis entrañas.

Me sucedía que cada vez que veía algo sólo me motivaba esperar a que apareciera por cualquier parte para poder contárselo. Si tenía un problema, desahogarme con ella. Si le notaba un gesto de que algo no iba bien, ponerle otra vez una sonrisa en la cara. Todo lo que veía, leía, hablaba o escribía era para ella. Me preguntaba cómo sobrevivir siendo Nemo y sin flotador en una piscina rodeada de tiburones. Aunque ella nunca actuara como si fuera tan grande; siempre ufana, sencilla y feliz.

Barros movedizos, trazos magnéticos que siempre tienden a combustionar. Aunque pase el tiempo, aunque de forma aparente todo haya muerto. Reconozco una vez más que nunca me atreví a ganar, ni supe si realmente podría haberlo hecho.

¿Por qué no le habré mirado más y más hasta desgastarla? ¿Cómo puedo hacer para retenerla en mi memoria?

Me daba mucha rabia ser la pieza que no encajaba en su esquema. Me daba mucha rabia… porque no quería detener el engranaje sino ser su motor. Cambiarle ese motor que nunca le hizo carburar como ella merecía.

Le dije que quería perderme en ella y al final me perdí en el camino. Adiós, carnaval. No way. Los tercios partieron de Flandes con la pica partida, astillada y hastiada. Será que esa guerra de mañanas hubiera precisado de unas cuantas batallas sin luz.

Quedamos lejos, aunque tardé un tiempo en olvidar sus cerca.

[Sigue en 20. La nadería del tugurio]

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