(“Y si no sabes lo que quieres ser, yo te lo digo: sé mi no sé qué” – Supersubmarina)

La vida la lleva un maquinista de colmillo afilado que gusta de cambiarte de raíles cuando menos te lo esperas.

Primero habría que señalar cómo empezó todo. Un río sonando virulento y sonoro. Una chica con paraguas atravesando la lluvia con elegancia. Un idiota quedándose embobado. Tan de película como real, salvo por el galán de cuarta y su Mitsubishi Trium mojándose sin remedio.

De tan tonto debí hacerle gracia porque, a la tercera o cuarta vez que nos cruzamos, fue ella la que me pidió el correo electrónico. Ese fue su error, o puede que fuera un acierto de la vida, tan juguetona siempre con sus cuerdas. En persona siempre me quedaba para la sección de congelados, pero ese frío se convertía en calor si se trataba de darle a la tecla. Empecé una ingente labor de triquiñuela y escritura cósmica hasta que nuestra elástica galaxia empezó a querer unir electrones. Crash Boom Bang.

Ya sabéis como es esto de la vida, sea cosa del azar o no. A veces lo del destino se lía y te la lía.  Poco a poco empecé a encontrármela por cada esquina. Al entrar aquí, al salir de allá, al bajar a por café. No sabía el huracán que se me venía encima: oírle hablar, contar cosas, reírse… todo eso sin parar. Ella actuaba así, como si fueras un amigo de toda la vida, como si fueras a serlo para el resto de la misma. Te ganaba desde el primer knock-out.

Se convirtió en un impulso suicida, pero maravilloso, todo aquello que provocaba en mi cabeza. Era verla y estar feliz, convencido de que había una fuerza alrededor empujando para unirnos.  Como si estuviera siendo una broma macabra el que no fuera así y no pudiera besarla. Yo, que tantas veces me había metido con Coelho… ya me veis. Convencido de que nuestras matemáticas hacían orden cósmico.

Me encantaría revivir sobre todo cada uno de esos momentos en los que casi sin querer se acercaba y se abría y podía leer en su cabeza problemas, anhelos, dudas y esperanzas. Hay días raros y momentos maravillosos. Y toda nuestra historia podía ser rara, tormentosa, pero seguro que inolvidable. Lo sabíamos a cada tarde quemada juntos. La vida se ha inventado para vivir momentos como aquellos.

Nadie había hecho nada malo, nadie lo tenía previsto. Había surgido.

Y así fue como entró en mi relatividad para darle sentido a la teoría. Más veloz que un rayo de luz, imparable en la carrera de fotones, protagonista de cada marco que le imaginaba al futuro. Pero yo quería lo que ella no quería. Es decir, yo quería y ella también, pero yo quería lo que ella no debía y no se atrevía.

Me encantaba hablar con ella, conocer, espiar, intuir, saber que estaba ahí, hablándome, leyéndome, riéndome, riéndonos. Hacía que mi cabeza bailara, y era imposible renunciar a todo lo que poco a poco me iba ofreciendo. La alternativa era algo más oscuro, más aburrido. Sería otra batalla perdida y estaba seguro de que esta vez, sin duda, merecía la pena entrar en la guerra.

“Remember: at the end of the day, it’s all about her”, le recordaba Lew Ashby a Hank Moody…

[Sigue en 19. El giro de la retranca]

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