(“Nunca más voy a mentir de nuevo, porque no voy a olvidarte nunca más” – Calamaro)

El destino u orden cósmico de existir es una mujer hija de puta con retranca: el maldito ente de los demonios.

Decía Jaime Deza -en su veneno, sombra y adiós- que a veces algunas relaciones o algunos actos ya sabes perfectamente cómo van a terminar, pero te da miedo terminar el pensamiento. Por eso yo iba volando de choque neuronal en choque neuronal, intuyendo a ratos como terminaría esto o aquello o fingiendo no saberlo, no queriendo forzar la cabeza puesto que sabía que encontraría respuestas que no me gustarían.

O es más, sabiendo que tal vez me mentiría y buscaría respuestas incorrectas, pero más cómodas, para seguir en la cobardía y no en la catarsis. O que, al revés, buscaría respuestas de catarsis y no de cobardía; y me animaría a llegar a casa y escribir una carta y convertirlo en testamento, rúbrica y promesa de “lo has escrito, ahora lo cumples”. El párrafo es tan loco como esa ciercera del pensamiento lo era.

Las noches de insomnio dan para muchas respuestas. Una de esas madrugadas me propuse escribir a todos los amores que alguna vez tuve. para decirles que fueron importantes al menos una vez. Que en su paso por el mundo como mínimo durante un tiempo unos ojos nunca perdieron su trazo.

Con ella nunca hizo falta. Nunca se lo dijeron mis palabras porque lo sabía en cada crucigrama que escribía solo para sus ojos.

Siempre fuimos polos magnéticos reclamando juntos un mismo centro de gravedad. Estar a su lado era remover electrones perdidos, declararle la guerra al rey de la velocidad.  Era la clásica de mi lista, mi alta fidelidad, la Catherine que me tenía marcada la zeta. Ris, Ras.

Necesitamos gente con quien charlar y reír. pero yo siempre tuve pánico a sus ojos cuando decidían hablar.

Hablamos de Robotnik. En el Sonic podías estar unas cuantas pantallas recogiendo anillitos, matando cangrejos, poniéndote tus zapatillas de correr y liarla parda… pero cada 3 pantallas tenías al monstruo de Robotnik. Y ya, al final final, al propio Robotnik. Siete vidas después te la jugabas a todo o nada con el monstruo más maléfico, el de más artimañas y triquiñuelas.

Y tocaba vérselas de nuevo con Robotnik, insisto. Saber que llegaría la felicidad o el daño, pero que esa no iba a ser una pantalla más. La hostia, de haberla, iba a ser monumental. Estaba abriendo goznes que creía bien oxidados.

Si no saltaba al vacío por ella no lo haría por ninguna. Pero… ¿qué otra cosa podía hacer si de repente una persona me lo removía todo?

Decía al principio que los jóvenes ahora tienen el Tuenti, pero yo también supe usar esas primeras armas. Los fusiles no son metralletas, pero también hieren si sabes disparar y conoces cual es el retroceso adecuado de la munición.

Lo único bueno de ser pobre era no tener dinero ni para vestirla en mis sueños…

[Sigue en 18. Neutrinos]